El síndrome de la palmera

El sindrome de la palmera¿Herencia aggiornada de nuestros ancestros prehistóricos? ¿Delirio de quienes añoran/ansían vacaciones en playas caribeñas? ¿Referencia obligada para pobladores de países tropicales, léase «bananeros», léase «subdesarrollados»? Sería interesante conocer el origen de la expresión «colgarse de la palmera», y de paso descubrir la razón por la cual los porteños veinte/treinta/cuarentañeros de clase media-alta la utilizan cada vez que pretenden excusar un olvido, un descuido, una distracción, un plantón, en síntesis, una metida de pata.

Una metida de pata. Es decir, un error que -tal como alguna vez escuché en boca de una preclara empleada de la ANSES– «fue involuntario». Un acto fallido, en términos freudianos. Un traspié, para los estudiosos de la motricidad humana.

En contra de lo que podría suponerse, quienes se cuelgan de la palmera enseguida pierden su capacidad de percepción. La altura (y/o el follaje, quién sabe) los distancia(n) -¿preserva(n)?- de la vida mundana. No hay vista panorámica que valga, tampoco sonido sorround. La palmera se convierte entonces en equivalente del ombligo; de ahí que la definición de «conducta ombliguista» admita una segunda acepción palmerística.

Por favor, descarten cualquier interpretación sobre tendencias suicidas. Aquí «colgarse» no significa «ahorcarse». En todo caso, es sinónimo de «treparse» o, mejor aún, de «hamacarse», de «balancearse», en definitiva, de quedar suspendido entre las hojas del árbol longilíneo y el aire, el vacío, la nada.  

Las palmeras no abundan en la ciudad de Buenos Aires. A lo sumo, las distinguimos en patios coloniales de viejas dependencias gubernamentales, en «playas» de estacionamiento (valga la recuperación de la palabra encomillada), a lo largo de recorridos imaginados, concebidos, trazados y promocionados con fines turísticos o de esparcimiento.

Sin embargo, los porteños veinte/treinta/cuarentañeros de clase media-alta tienen cada vez menos dificultad en encontrar una palmera de donde colgarse. Quizás haya que echarles la culpa a cierta herencia prehistórica/simiesca, a cierto delirio vacacional, a cierta referencia obligada del subdesarrollo, o simplemente al siempre oportuno arte de excusar(se).