La rabia

Ayer fue el último día de cartelera comercial para La rabia, título estrenado oficialmente hace apenas dos jueves. Lejos de convertirse en éxito de taquilla, esta otra película argentina parece haberle resultado indiferente al público porteño y sin embargo, de los lanzamientos recientes del cine nacional, es el más impresionante. Dada la breve estadía en el circuito de salas habitual, los interesados en verla deberán darse una vuelta por el Museo de Arte Latinoaméricano de Buenos Aires (Malba).

El último trabajo de Albertina Carri* presenta un retrato sórdido, brutal, visceral de la vida de campo. Que conste: de la vida de los peones de campo. Dado el contexto de enfrentamiento agrario-gubernamental, cabe preguntarse si éste es el mejor momento para el desembarco de una propuesta que desmitifica la imagen bucólica o folklórica del medio rural. 

El film atrapa por la contundencia de lo visual. Contundencia a veces ligada a la exhibición explícita (pienso en las escenas del chancho carneado, del conejo estaqueado, de los encuentros sexuales entre Alejandra y Pichón); a veces ligada al arte de la sugestión (por ejemplo la escena de la bolsa de arpillera o la recreación de los dibujos de una niña); a veces ligada al discurso metafórico (la comadreja enjaulada es la referencia más evidente).

El film también atrapa desde lo sonoro. No sólo por una musicalización acorde a las fluctuaciones entre picos de tensión y picos de violencia, sino por el manejo de los ruidos propios de un entorno por momentos inerte (de ahí que a veces sólo se escuche la respiración de algunos personajes), por momentos hostil (pienso en el rugido de la comadreja, en los chillidos del chancho, en los alaridos de la pequeña Nati, en los bramidos que acompañan el acto sexual).

Las actuaciones conforman otro gran pilar de la película. Víctor Hugo Carrizo, Analía Couceyro y Javier Lorenzo constituyen el trío protagónico atravesado por distintos tipos de violencia: verbal, gestual, física. Los tres saben transmitir los sentimientos de represión, frustración, odio que movilizan a sus personajes. 

Por otra parte, los chicos González Pérez y Nazarena Duarte se llevan las palmas por su composición de Ladeado y la mencionada Nati. Incluso Dalma Maradona (así es, la hija de San Diego) se desempeña de manera convincente en el rol secundario de la callada (y silenciosamente deseada) Mercedes.

En La rabia los patrones de estancia son los grandes ausentes**. Sin embargo, su lugar o territorio aparece claramente delimitado entre los sillones de terciopelo, entre las vestimentas de polo, entre las escopetas lustradas. Cuesta poco imaginarlos en otro lado, ahora tal vez en las rutas, cantándole «a la patria federal, donde toda la Argentina sea tratada por igual«.   
 
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* Albertina Carri escribió y dirigió esta película. También la co-produjo junto a otro cineasta argentino, Pablo Trapero

** Además de ser el título de la película, «La rabia» es el nombre de la estancia que cuidan los caseros Leopoldo y Alejandra. Por lo tanto, la frase «En La rabia los patrones de estancia son los grandes ausentes» admite una segunda versión: «Los patrones de «La rabia» son los eternos ausentes». Elijo la primera para evitar un doble sentido que podría jugar con la idea de que existen dueños legítimos (más legítimos que otros) de la rabia/bronca.

PD. La introducción de este post fue modificada a las 14.41hs en función de los comentarios que dejaron Paula y Agustina Carri.