Cordero de Dios

A diferencia de la mayoría de las películas argentinas que se refieren a lo ocurrido durante la dictadura de 1976-1983, Cordero de Dios evita hundirnos en el contexto de aquellos años. Al contrario, si bien lo menciona, su guionista y directora Lucía Cedrón prefiere concentrarse en el presente y, justamente desde el presente, mostrar lo que muchos compatriotas se niegan a entender: que lo que hacemos con el ahora depende en parte de lo que hicimos/hacemos con el pasado. Desde este punto de vista, el acertado manejo de los tiempos narrativos es la virtud más grande de un estreno cuyo interés excede la cuestión exclusivamente cinematográfica.

Lejos de presentarse como compartimentos estancos, aquí el hoy y el ayer se cruzan, se superponen, se contraponen, conviven. Parece imposible la concepción del uno sin el otro. Por eso el film prescinde de la crónica lineal y, salvo una o dos excepciones, también evita el viejo truco del flashback.

Sin dudas, el guión de Cedrón está bien armado, sin cabos sueltos, y un montaje riguroso impide cualquier tipo de confusión. Quizás el único reproche tenga que ver con la inclusión de una escena en particular (la ambientada en el hipódromo, co-protagonizada por Jorge Marrale y Horacio Peña) que algunos espectadores podemos considerar redundante, incluso innecesaria.

Por lo demás, el tratamiento del relato es irreprochable: conmovedor pero sin golpes bajos, comprometido pero no panfletario, atento a la influencia de cierto contexto histórico pero con la mirada puesta en el futuro, en cierta posibilidad de reparación y eventual reconciliación (a nivel familiar).

Las actuaciones conforman otro gran acierto de este largometraje. Se destacan especialmente los trabajos de Mercedes Morán, de Malena Solda, de Juan Minujín, del mencionado Marrale y de la niña Ariana Morini.

Aún cuando ésta no es la primera obra cinematográfica de Cedrón (algunos recordarán su participación en la serie de cortos dedicados a las víctimas del atentado a la AMIA), la crítica especializada define a Cordero de Dios como «ópera prima». De ser así, habrá que seguir de cerca los próximos pasos de esta joven cineasta cuyo mérito principal consiste en demostrar lo impensable para los espíritus olvidadizos: me refiero a la indefectible -en nuestro país, constante- interacción entre presente y pasado reciente.