El silencio no tiene precio

Primero, sentí angustia. En honor a la verdad, temí convertirme en una suerte de monstruo desarraigado, insensible, renegado. «Un clavel del aire», habría espetado mi padre, siempre crítico de las personas ajenas a sus orígenes. 

Después sentí indignación. Comparé el recorrido idílico de la bicicleta con la serie de engaños y penurias que padecieron mis abuelos cuando llegaron a la Argentina, y enseguida vociferé el improperio «¡salames!», tan a flor de labios de aquel carpintero italiano cuyo apellido -y, al parecer, carácter- heredé. 

Captura del corto Bicicleta, responsabilidad de McCann-Erickson de Argentina

Ahora siento cierto consuelo tras descubrir que no soy la única televidente incapaz de celebrar el homenaje que Mastercard pretendió dedicarles a «las familias de distintos lugares del mundo que vinieron a continuar sus historias en nuestro país». De hecho, amigos, colegas e incluso otros bloggers también sostienen que la propuesta elucubrada por la sucursal local de McCann-Erickson les causa fastidio, cuando no rechazo e indigestión.

A grandes rasgos, unos y otros consideramos que el corto se extiende demasiado (¡casi un minuto!) y que, aún en la versión abreviada, la sola repetición del estribillo «ue paisano» termina saturando a cualquiera. Eso sí… Aunque la publicidad provoque un efecto contraproducente, el slogan de la conocida tarjeta de crédito mantiene intacta su indiscutible capacidad de adaptación, hasta en el contexto más desfavorable.

Por lo pronto, a tono con el descontento registrado, bien podemos concluir que el silencio no tiene precio, pero que para todo lo demás…