Las locuras de Dick y Jane

Las locuras de Dick y JaneQuizás porque el híper histriónico Jim Carrey suele saturarme cuando actúa en comedias. Quizás porque, salvo contadas excepciones, el humor estadounidense no me causa gracia. Por la razón que fuere, lo cierto es que Las locuras de Dick y Jane me resultó un estreno poco tentador cuando llegó a Buenos Aires en el verano de 2006. Pasaron dos años desde entonces, y ahora la oportunidad de ver la película en DVD me recuerda cuán prejuiciosa puedo ser.

El film de Dean Parisot es la remake de una comedia que George Segal y Jane Fonda protagonizaron tres décadas atrás, y por lo tanto una (segunda) adaptación cinematográfica de la novela homónima escrita por Gerald Gaiser. Estamos entonces ante la tercera versión de una propuesta que, por lo visto, resiste el paso del tiempo así como los gajes de la repetición.

Este largometraje recrea las desventuras de un matrimonio de posición acomodada, que en cuestión de meses queda totalmente excluído del sistema. La constatación de que una crónica originalmente ambientada en los ’70 encaja sin problemas en el siglo XXI invita a suponer que la realización de esta remake evoca algo más que las limitaciones de los creativos hollywoodenses. 

De hecho, las locuras que Dick y Jane Harper cometen para revertir su condición de nuevos pobres permiten descubrir las falencias de un sueño americano que viene perdiendo pie hace tiempo. También señalan el costado más absurdo/patético de una sociedad obsesionada por su capacidad de consumo, narcotizada por los medios de comunicación, y escindida por la línea divisoria que separa a ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría.

La pareja que componen el mencionado Carrey y Téa Leoni transmite muy buena química (se nota, sobre todo, en la escena de los asaltos). Da la sensación de que ambos se potencian en las partes más desopilantes, y de alguna manera ella se las ingenia para que él ensaye otros recursos además de las archi-explotadas y conocidas morisquetas.

Alec Baldwin también resulta gracioso en el papel de megaempresario inescrupuloso y bravucón, y el niñito Aaron Michael Drozin suma varios puntos con su pequeño Billy Harper empecinado en hablar en español. Por su parte, el resto del elenco se mueve al ritmo de una sátira light, poco pretenciosa.

Decididamente Las locuras de Dick y Jane no es una joya cinematográfica pero, sí, consigue entretener, incluso hacer reír. Por eso, espíritus prejuiciosos, hagan un esfuerzo: dejen sus reparos de lado y permítanse aquel buen momento que posiblemente desestimaron dos veranos atrás.