Promesas del Este

Promesas del EsteDespués de mirar Promesas del Este, «no sos vos; soy yo» es la primera frase que se me ocurre decirle a David Cronemberg en un diálogo imaginario. Aunque en principio sacado de contexto (al menos del contexto amoroso), el comentario es válido por partida doble: primero porque anuncia una ruptura que sospecho definitiva; segundo porque pretende liberar al otro -en este caso al director canadiense- de toda acusación.

La decisión de ponerle fin a este vínculo cinematográfico no es consecuencia de un arrebato, mucho menos de un enojo. En todo caso, es la conclusión lógica de una trayectoria poco feliz, con hitos tan determinantes como la absurda Crash, la forzada Una historia violenta y esta sobrevalorada (incluso nominada) última producción.

En honor a la verdad, me cuesta encontrar el espíritu atrevido y transgresor que algunos cinéfilos le atribuyen a Cronemberg. En una época donde el cine y la televisión explotan el sexo y la violencia hasta el hartazgo, de una manera cada vez más brutal, la escena en el baño turco de Promesas… puede resultar impecable desde el punto de vista técnico, si se quiere coreográfico, pero apenas efectista -incluso redundante- en términos narrativos. 

Por otra parte, el recurso del héroe camuflado/infiltrado tampoco refleja demasiada osadía. Y éste no es el único convencionalismo presente en el guión de Steven Knight: también existen el trasfondo romántico-platónico, la salvación de la heroína co-protagónica, el sacrificio del héroe.

La observación es igualmente válida para la escena final al borde del río, que repite el viejo truco de impedir en cuestión de segundos la ejecución de un delito, labia mediante. O para algunos parlamentos que parecen extraídos de una comedia sobre mafiosos: pienso en el «sketch» del matón que exige una demostración de respeto por el cadáver de un hombre que el mismo degolló.

Quizás por estas falencias del guión, las actuaciones también dejan bastante que desear. Viggo Mortensen compone a Nikolai como si fuera una segunda versión (a la rusa) de «su» Tom Stall de Una Historia violenta, en un contexto y con una duplicidad diferentes. Tal vez porque está harto de encarnar a psicópatas, Vincent Cassel elige parodiarlos con «su» Kirill. En cuanto a Naomi Watts, pierde su fuerza natural con un personaje unidimensional.

A David Cronemberg parece no importarle nada de esto, probablemente porque su cine apunta no tanto a contar historias bien armadas, sino a explorar y a explotar su tema favorito: el ejercicio sádico y extremo de la violencia. Justamente en esta (tardía) constatación se basa la necesidad de imaginar un diálogo con el director, de anunciarle la decisión de rompimiento y de compensarla con la frase -siempre oportuna- «no sos vos; soy yo».