Sólo diez razones

Sólo diez razonesEn pocas palabras, Sólo diez razones es una película querible. Los motivos son varios. El primero: la historia de amistad circunstancial que protagonizan un actor entrado en años y una joven cajera. Segundo: el trabajo que hace Morgan Freeman, interpretándose a sí mismo con sentido del humor y total falta de solemnidad. Tercero: éste -se nota- es un largometraje de bajo presupuesto, poco pretencioso, con la única intención de invitarnos a conocer los entretelones de un encuentro casual y entrañable.

La película de Brad Silberling tiene escenas muy tiernas, como cuando Scarlet (encarnada por Paz Vega) le enseña a Freeman una vieja canción popular española. El actor repite la letra con una aplicación casi infantil. Recién después pide una traducción de los versos y se ríe de la picardía.

Pero a no confundirse. Aquí no hay espacio para la malicia, tampoco para la provocación o para la denuncia. Aquí se trata de retratar a personajes anónimos, comunes y corrientes, instalados al margen del american dream, invisibles para los ojos de muchos, aunque no por eso convertidos en víctimas político-sociales. Entre ellos, además de los protagonistas, están el encargado de un minimercado de barrio, las vendedoras de una cadena algo más importante, los empleados de un lavadero de autos.

El film también hace gala de pequeñas perlitas. Por ejemplo, el gag de Freeman topándose con promociones de «sus» títulos en DVD por un precio rebajado; la aparición fugaz de Danny DeVito (¿y Señora?) poco antes del final; las escenas fallidas que quedaron descartadas durante la edición y que aparecen intercaladas en los créditos del cierre.

Últimamente cuesta encontrar una película cuya característica distintiva pueda definirse a partir del adjetivo «querible». Probablemente por eso, Sólo diez razones conmueve en tanto rareza que no deberíamos dejar pasar.