Plazos

Plazos¿Por qué en nuestro país nos manejamos con plazos? ¿Por qué quienes aseguran ofrecer un servicio se comprometen a entregarlo determinado día, a determinada hora? ¿Por qué los clientes creemos que efectivamente contaremos con que dicho servicio estará listo a ese día, a esa hora?

¿Acaso los plazos no forman parte de un cronograma, que a su vez supone un proceso, que a su vez nace de una metodología, que a su vez implica la puesta en marcha de cierta disciplina, sinónimo de seriedad, eficiencia, eventualmente de profesionalismo?

Es cierto. Los plazos se aplican con cierto margen de flexibilidad, en virtud de los inasibles imponderables. Pero en ese caso, es decir, cuando los imprevistos ganan la pulseada e impiden el cumplimiento de los plazos, ¿acaso no debe reprogramarse el cronograma y, sobre todo, no debe comunicársele al cliente damnificado la designación de los plazos nuevos?

¿Por qué en un país donde comerciantes, proveedores, empresarios, profesionales e incluso consumidores suelen confundir «servicio» con «favor» nos emperramos en imitar modelos de negocios, sistemas de atención al cliente, mejores prácticas efectivos en el llamado «Primer Mundo» cuando -está claro- carecemos de los tres fundamentos básicos que rigen cualquier situación contractual: honestidad, compromiso y respeto?

¿Por qué no nos asumimos tal cual somos, evitamos los plazos y recurrimos a los viejos circunloquios, frases imprecisas, inconsistentes, dignas de comerciantes, proveedores, empresarios, profesionales e incluso consumidores cortados por la misma tijera? A saber:

* «Te llamo cuando el trabajo esté terminado».
* «El aparato va a estar arreglado cuando esté arreglado».
* «Te lo envío cualquiera de estos días».
* «Te lo alcanzamos en el transcurso del mes».
* «Estará listo en algún momento».