Ay, los Oscar, los Oscar…

Ay, los Oscar, los Oscar...La ceremonia de los Oscar y las Fiestas de fin de año tienen algo en común. Cuando somos chicos las esperamos, las disfrutamos, las atesoramos, volvemos a esperarlas. A medida que vamos creciendo, tendemos a encontrarlas artificiales, repetitivas, tediosas, a veces odiosas, y entonces les juramos indiferencia de aquí a la eternidad.

Sin embargo, la indiferencia nunca puede ser total. O bien porque leemos alguna(s) de las coberturas especiales que preparan los medios; o bien porque nos dejamos llevar por la publicidad que financian los circuitos comerciales interesados e involucrados; o bien porque terminamos obedeciendo algún mandato tradicional.

Igual que en enero de 2007, este principio de año también me descubrí incapaz de decirle «no» al tralalá de las Noches Buena y Vieja. Es cierto que me negué a cumplir con determinadas exigencias ceremoniales, pero es igualmente cierto que cumplí con otras prácticas de rigor: armar el árbol, comprar los regalos, brindar a las 00hs en punto, comer turrón e intentar adivinar si hubo más o menos cañitas voladoras que la vez anterior.

Igual que el 25 de febrero pasado, esta noche/madrugada también me rehusé a ver la transmisión de la famosa entrega. Sin embargo, no pude con mi genio y, por un lado, leí algunos artículos alusivos -por ejemplo los posts 1 y 2 de Sesión Golfa– y, por el otro, aproveché el reciente paréntesis para ver algunas películas nominadas: Expiación, deseo y pecado; Sweeney Todd y Petróleo sangriento cuya reseña estará online en el transcurso de esta semana.

Por si faltara algo para cerrar el círculo de contradicciones, hoy me sorprendo garabateando estos párrafos y descubriendo que el punto final sólo puede llegar después de la transcripción del suspiro habitual, a esta altura inconsistente letanía. «Ay, los Oscar, los Oscar»…