Joshua

JoshuaAún cuando no era un tipo especialmente creyente, mi viejo siempre les reprochaba lo mismo a las biografías de Cristo made in Hollywood: que Jesús, los apóstoles o los romanos dijeran «come on boys», y que caminaran cual vaqueros recién desensillados (que conste: mi viejo no llegó a ver la versión en arameo de Mel Gibson… gracias a Dios). De tal palo, tal astilla: la religión no es mi fuerte, y sin embargo una película como Joshua me saca de las casillas.

Ésta no es una biografía al pie de la letra. Se trata de un ejericio narrativo que consiste en imaginar el regreso del Mesías en la actualidad, en un pueblito perdido de los Estados Unidos. Nos topamos entonces con un carpintero norteamericano altruista, comprometido, omnipresente, hacedor de milagros, que curiosamente nunca dice «come on boys» pero que lógicamente se viste, se expresa y se mueve acorde a la idiosincrasia hollywoodense. 

Tony Goldwyn -el malo de Ghost– encarna a este Jesús contemporáneo, de nombre Joshua. A Francis Murray Abraham -el Salieri resentido de Amadeus-, le toca interpretar a un sacerdote envidioso, «temeroso del amor» según diagnostica el Cristo aggiornado, pero luego capaz de encontrar el Camino.

En honor a la verdad, cuesta resistirse a la tentación de bromear sobre la posible relación entre la selección de estos dos actores y la necesidad de difundir un mensaje esperanzador de redención. En un mismo sentido, cuesta tomarse en serio un relato tan edulcorado y tan redundante.

Relato edulcorado porque le falta pasión (la inexpresividad de Goldywn es determinante; además su Cristo ni siquiera se enoja con los mercaderes del templo) y porque lo han despojado de todos los infortunios (desde la condición pobre del personaje divino hasta el destino de condena, tortura y muerte). Redundante porque la película parece apuntar a un público duro de entendederas; de ahí que el padre Pat comente en voz alta lo que la cámara de Jon Purdy muestra desembozadamente: por ejemplo, que la lluvia no se filtra en el techo agujereado del granero donde mora Joshua, o que la última cena del introvertido carpintero convoca -oh casualidad- a doce comensales.

También redundante porque no basta con que el correlato de Lázaro se muera; el guión de Brad Mirman y Keith Giglio también quiere que sea tartamudo. Este agregado permite que Cristo no sólo lo bendiga con una nueva vida sino también con una capacidad de oratoria envidiable.

Resulta difícil entender por qué HBO -canal reconocido por producir/emitir propuestas en general recientes, a veces osadas, a veces provocadoras– proyecta una película desacertada por más de un motivo, filmada hace más de cinco años, cuando ni siquiera existe la excusa de un contexto acorde (en este caso, NavidadSemana Santa). En última instancia, para especular sobre la reaparición de Cristo en la era contemporánea, ningún trabajo tan pertinente y profundamente conmovedor como el que hizo el talentoso director serbio Goran Paskaljevic con Tiempo de milagros.