Me levanto, que no es poco

No sé si es por culpa del cambio de huso horario o del envejecimiento. Lo cierto es que levantarme temprano me cuesta cada vez más. En realidad, no me cuesta levantarme; me cuesta despertarme. De hecho, completar el proceso lleva más de tres horas: desde las 6:45 cuando suena el despertador hasta las 11 cuando hace rato empezó el horario de trabajo. A continuación, la crónica (cinematográfica, por supuesto) de un amanecer eclipsado.
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Escena 1. En singular, Dr. Sayer
Crónica cinematográfica de un amanecer eclipsadoEn contra del título elegido para la célebre película protagonizada por Robin Williams y Robert De Niro, mi despertar es único, es decir, siempre el mismo, rutinario, casi calcado. De ahí la decisión de nombrarlo en singular. Si pudiera abandonar la ficción para estudiar mi comportamiento inmediatamente posterior al alarido de la alarma, el Dr. Malcolm Sayer (Williams) señalaría una ausencia total de lucidez, cuadro definitivamente peor que el diagnosticado a Leonard Lowe (De Niro).

Escena 2. Avísenle a Romero
Todavía en la cama. Posición boca arriba: abro los ojos; los dejo abiertos mirando un punto fijo. Giro hacia la izquierda; probablemente (no recuerdo bien) sigo sin parpadear. Bajo las piernas de la cama; el descenso sirve de contrapeso para que el tronco del cuerpo se incorpore. Me pongo de pie, y empiezo a caminar con pasos de autómata y brazos hacia adelante, para anticipar los golpes que seguramente me daré mientras recorro distintas partes del departamento sin rumbo fijo. Por favor, avísenle a George Romero que, si necesita agregar alguna escena de relleno, soy capaz de hacer de zombie en su película aún sin estrenar

Escena 3. Perdón, Hitchcock
Perdón, don Alfred. La escena de la ducha siempre me resbaló. Será porque Norman Bates/Anthony Perkins no tendría que hacer ningún esfuerzo conmigo. De hecho, ¿cómo podría gritar y aferrarme a la cortina, cuando a las 7 no tengo voz, mucho menos tonicidad muscular? Igual, comentario aparte: qué entereza la de Marion/Janet Leigh. 

Escena 4. Mejor con Audrey
Mejor desayunar con Holly Golightly/Audrey Hepburn que con quien escribe este post. Las 7.20 me encuentran parada delante de la mesada de la cocina, tomando un vaso de leche (sí, leche), todavía sin parpadear, sin voz y con la tonicidad muscular apenas suficiente para subir/bajar, subir/bajar, subir/bajar el vaso (y tragar el brebaje blanco).

Escena 5. Actualízame
El imperativo me trae a la mente el film que cuenta la historia de un mafioso psicoanalizado. Se trata del blog que me advierte sobre el post pendiente, aún sin publicar. Así es. Ni la ducha ni el desayuno lograron quitarme el sueño. Por eso creo escuchar voces, en este caso cibernéticas.

Escena 6. Ni Bob ni Meryl
Me pregunto cómo hicieron Bob y Meryl -Frank y Molly en realidad- para enamorarse en el tren que los llevaba rumbo al trabajo. Claro, los tortolitos no eran usuarios de TBA. Pero, al margen, ¿cómo se dieron cuenta de la existencia del otro? ¿Cómo pudieron iniciar un diálogo? ¿Cómo no sucumbieron ante el traca-traca de las vías, ante el bamboleo acompasado de los vagones, ante el solcito matutino que a través de la ventanilla convence a los pasajeros de cerrar los ojos… y de dormitar?

Escena 7. Como River
¿Y si sufro de narcolepsia como Mike Waters/River Pheonix? Ésta es la inquietud que me asalta cuando, minutos después de llegar a la oficina y de sentarme delante de la PC, movimientos involuntarios sacuden de manera apenas perceptible mis brazos y piernas, como anticipando un nuevo abrazo de Morfeo. Antes que esto ocurra, me hago una escapada al baño, abro las canillas del lavabo, y me refresco la cara con un poco de agua. Dios y ahora Maurico Macri mediante, la maldición pergeñada por Kôji Suzuki (¿todavía?) no atacó las cañerías de Puerto Madero.

Por algún motivo que desconozco, el sueño me abandona a las 11 en punto. La reflexión suele ser la misma. A saber: «Mal que mal, estoy aquí trabajando. Por suerte logré levantarme, que no es poco».