Expiación, deseo y pecado

Expiación, deseo y pecadoDespués de un inicio de año deslucido en cuanto a estrenos cinematográficos, 2008 empieza a recuperar el tiempo perdido y a prepararse para la próxima entrega de los premios Oscar. Por lo pronto, el jueves pasado la cartelera local incorporó uno de los títulos con más nominaciones, Expiación, deseo y pecado, megaproducción franco-británica que supera ampliamente el nivel promedio de los peliculones sobrevalorados por los miembros de la híper mediática Academy of Motion Picture Arts and Sciences.

Últimamente las adaptaciones de obras literarias parecen estar de moda. En este caso, el film de Joe Wright retoma el drama Atonement escrito por Ian McEwan. A diferencia de otros largometrajes igualmente basados en una novela, éste logra liberarse de los «vicios del papel» y por lo tanto presentar una versión verdaderamente digna de la pantalla grande.

El único reproche que puede hacérsele al guión de Christopher Hampton es, quizás, su extensión. De hecho, las escenas acordadas a los entretelones de la Segunda Guerra Mundial resultan un poco largas por momentos.

No obstante, al margen de esta observación, el film se caracteriza por un buen manejo de los tiempos, sobre todo teniendo en cuenta que la historia propone distintas idas y vueltas cronológicas. Además, el problema de la duración pierde relevancia gracias a una impecable reconstrucción de época, a una banda de sonido original (cabe destacar la intervención del repiqueteo de una máquina de escribir) y a actuaciones muy convincentes.

Por un lado, Keira Knightley y James McAvoy componen una pareja ideal para un buen folletín romántico de estas características. Por otro lado, aunque sea en papeles secundarios, nos damos el gusto de reencontrarnos con grandes actrices inglesas de la talla de Brenda Blethyn y Vanessa Redgrave. Por último, descubrimos a otro joven talento: Saoirse Ronan.

En síntesis, Expiación, deseo y pecado es una alternativa válida para quienes busquen reconciliarse con una cartelera hasta hace poco abandonada a la apatía veraniega, para los seguidores de la entrega de los Oscar que desean conocer a los principales competidores, y para los amantes de las historias de amor lacrimógenas pero bien contadas. Seguramente no se trata de la mejor película del año, pero sí de una megaproducción capaz de distinguirse de sus pares. Y eso, sin dudas, ya es mucho decir.