La (otra) voz

Es cierto: el hombre trabajó en unos cuantos bodrios indefendibles. También es cierto: a veces se repite, o lo encasillan (no es lo mismo pero en definitiva es igual). Sin embargo, Robin Williams posee un talento indiscutible que lo salva de ingresar a la lista de actores indigestos o de droopies mediáticos: su voz. De hecho, cualquiera sea el papel que le toque, aún en el drama más insoportablemente lacrimógeno, el actor norteamericano tiene oportunidad de lucir su -permítanme el tecnicismo- «versatilidad vocal».

La voz de Robin Williams, clave del éxito de estos trabajosLa presentación en sociedad de este talento tuvo lugar hace unos treinta años, en Mork y Mindy, serie que la TV local repone cada tanto. En realidad, éste no fue el primer trabajo de Williams pero sí el puntapié inicial de una carrera estrechamente vinculada con el arte de la parodia. De hecho, el personaje de extraterrestre le vino como anillo al dedo para mostrar sus habilidades de imitador tanto de terrícolas anónimos (pero típicos) como de terrícolas famosos, que los televidentes sabían reconocer enseguida.

Desde entonces, Hollywood siempre le pidió más. Incluso en una película seria, dramática, antibélica como Buenos días, Vietnam, el guionista Mitch Markowitz se las ingenió para generar un espacio donde el actor pudiera jugar con la voz (qué mejor excusa, en este sentido, que su Adrian Cronauer condujera un programa de radio). 

El toque mediático reapareció en Papá por siempre. En el film dirigido por Chris Columbus, Robin interpretó a un actor que doblaba dibujos animados (cualquier parecido con la realidad no es obra de una simple coincidencia) y que se trasvestía como una vieja escocesa, Mrs. Doubtfire, para intentar recuperar a su familia. La escena que lo muestra prestándoles su voz a un canario y a un gato es apenas un pantallazo de lo que Williams es capaz y, de lo que hará años después en Happy feet (ver más adelante).

Sin dudas, uno de los momentos más graciosos y memorables de La jaula de las locas (hablamos de la remake yankee, claro está) es obra de este mismo talento. Me refiero a la escena donde el Armand Goldman de Williams pretende enseñarle a su pareja Albert -el excelente Nathan Lane– a moverse de manera viril, a lo John Wayne. Sin levantarse de la mesa del restaurant donde comparten un almuerzo, Armand tuerce la boca e inmediatamente empieza a hablar (y a mover los brazos) como el célebre referente del western y, dicho sea de paso, del macartismo.

Repasar los trabajos de doblaje que Robin efectivamente hizo para películas infantiles duplicaría la cantidad de párrafos hasta ahora publicados. Para limitar la verborragia, y porque en definitiva se me ocurrió redactar este post después de ver la mencionada Happy feet, prefiero detenerme en esta animación producida en 2006.

Aquí Williams vuelve a prestarles su voz a dos personajes que no sólo coinciden en varias escenas, sino que dialogan en reiteradas ocasiones. En Papá por siempre fueron un canario y un gato; en Happy feet se trata de dos pingüinos: Ramón y Lovelace. En ambos casos, cuesta creer la facilidad con la que el actor cambia de timbre, de acento, de modulación, y hasta puede cantar en el registro que le corresponde a cada criatura: en el film de Cholumbus, parodia un aria de El barbero de Sevilla; en el de George Miller, Warren Coleman y Judy Morris, el tema A mi manera, que incluso interpreta en castellano.

El film sobre un pingüino emperador discriminado por sus pares es otra fábula animal made in Hollywood, destinada a los más chicos y que el público adulto también puede disfrutar (¿qué diría el precursor La Fontaine?). De lejos, uno de sus ganchos más irresistibles es el trabajo de Robin, a partir de ahora también nombrado en este blog como «La voz», sin ánimo de ofender a los fanáticos del igualmente único e incomparable Frank Sinatra.