King Kong

King Kong de Peter JacksonEn honor a la verdad, recuerdo poco y nada de aquella primera versión de King Kong que Merian Cooper y Ernest Schoedsack rodaron en 1933, y que vi en televisión cuando tenía cinco años. Por un lado, recuerdo la escena del enorme gorila envalentonado en la cima del Empire State (era el Empire State, ¿no?), enfrentando a los biplanos que intentaban derribarlo, escena que luego se hizo famosa hasta en formato de videojuego. Por otro lado, recuerdo la angustia dual que sentí ante semejante animalote enemistado con toda la humanidad salvo con una sola persona, y ante la intervención de supuestos defensores de nuestra especie pero en realidad ejecutores de una crueldad despiadada. Probablemente por todo esto el clásico made in Hollywood no me gustó.

Treinta años después, remake mediante, vuelvo a toparme con el simio más famoso del cine. A continuación, los detalles de esta segunda impresión.
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El amor de Kong
Tal como lo sugiere Carl Denham/Jack Black en reiteradas ocasiones, la historia de amor entre Kong y Ann Darrow retoma -de una manera más brutal, sin el ingrediente feérico- el cuento de La bella y la bestia. Por supuesto, para evitar cualquier connotación zoofílica, en este caso el flechazo dista de ser recíproco; a lo sumo el gorila despierta en la joven mujer sentimientos de ternura, gratitud, compasión, pero nada pasional, mucho menos sexual.

Aún así, el condimento romántico está presente. Lo percibimos en las escenas de descubrimiento, conocimiento, comunión que comparten los protagonistas (imposible ignorarlo cuando ella le enseña la palabra “beautiful” mientras ambos contemplan un atardecer). Lo confirmamos ante la intervención de un destino digno de folletín, empecinado en separarlos (aquí sí se cumple con la exigencia de unión “hasta que la muerte los separe”).

Decididamente, Peter Jackson nos hace partícipes -incluso cómplices- de este amor imposible. Por eso vemos a Ann/Naomi Watts con los ojos de Kong: atractiva, sensible, valiente, fiel. Por eso vemos a Kong con los ojos de Ann: fuerte, aguerrido, protector, noble, dulce, incondicional. También por eso detestamos tanto al odioso Denham (cuya ambición y falta de escrúpulos aceleran la tragedia anunciada) como al bueno de Jack Driscoll/Adrien Brody, pretendiente de Ann que por momentos juega el rol de tercero en discordia.

Sin dudas, uno quisiera que King Kong evolucionara como La bella y la bestia, es decir que la pareja protagónica volviera a demostrar que Cupido vence cualquier dificultad: incluso los prejuicios, incluso las indiscutibles incompatibilidades físicas/psíquicas. El problema es que el gorila no es otra versión de aquel príncipe convertido en sapo o monstruo por obra y gracia de algún maleficio; el gorila es realmente un gorila; entonces no existe beso capaz de convertirlo en hombre y por lo tanto en amante apto.

Muerto el perro se acaba la rabia; pero muerto el primate, el amor prevalece. De ahí que Driscoll quede relegado a un segundo plano, aún cuando al final abrace y bese a la chica. De ahí que el estribillo de Joaquín Sabina -“amores que matan nunca mueren”- nos venga a la mente.

El amor de Carl
Al margen de lo odioso que puede resultar Carl, hay algo que lo redime, al menos entre quienes adoramos el cine. Ese algo es su deseo/necesidad impostergable de financiar, producir, filmar y exhibir la increíble historia del gigantesco simio escondido en una isla perdida del Pacífico.

Es cierto. Esta fruición por registrarlo todo tiene motivaciones que trascienden el interés estrictamente artístico, y que apuntan a un objetivo de éxito comercial y de fama personal. Sin embargo, es innegable que Carl ama su cámara (la protege de los peligros como a su propia vida), adora su proyecto cinematográfico y reivindica su profesión de director.

De no ser por la tenacidad y la pasión de este personaje, ni Jackson ni antes Cooper y Schoedsack habrían podido contar la historia de Kong. Por consiguiente, aunque solapada, la intención de homenaje al cine es evidente.

El amor de Peter 
Peter Jackson comparte con Carl la compulsión por filmar. Cuanta más acción, cuantos más efectos especiales, cuantos más trucos de animación, mejor. Reconocer esto ayuda a entender por qué el realizador australiano les concedió tanto celuloide a los mega-insectos y a los especímenes prehistóricos resucitados (nunca extinguidos, en realidad) que habitan la isla de Kong.

La viscosidad de los primeros y la dentadura de los segundos causan horror y repugnancia. Muchos cuestionarán su intervención semi-estelar por forzada (¿era necesario que el gorila también se enfrentara con dinosaurios?) y por poco original (alcanza y sobra con la saga de Jurassic park). Habrá que tolerarla, en nombre del amor de Peter por las superproducciones fantásticas.

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Sigo sin recordar mucho de aquella primera versión de King Kong de Cooper y Schoedsack, que vi en televisión hace tres décadas. En cambio, estoy segura de que difícilmente olvidaré la impresionante re-versión de una vieja historia a la que, aggiornamiento y tiempo mediante, le descubro tanto-tanto amor.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

6 respuestas a “King Kong

  1. Yo también vi la original más o menos cuando tenía cinco años también. Fue en una noche de desvelo infantil con mi sobrinito de un año menor que yo… ¿puedes creer que luego nos estábamos muriendo de miedo? 😉

    La nueva no la he visto, tal vez por temor a desvirtuar los recuerdos de aquella noche en blanco y negro… te avisaré si me animo.

    Un abrazo,

    Pati

  2. Probablemente porque lo vimos en nuestra tierna infancia, el Kong original daba miedo. El moderno, todo lo contrario. Dale, Pati @-;– , animate a descubrirlo pero un consejo: obviá el protagonismo adjudicado a los animales prehistóricos y a los mega-insectos. 🙄
    Un abrazo. 😉

  3. Spectatrice, me gustó mucho más lo que escribiste vos que lo que filmó Peter Jackson. Esta 2da versión de King Kong me resultó un bodrio. Cuando veia ciertas escenas enseguida imaginaba un correlato en joda. Justo me pasó eso cuando Ann y Kong miran juntos el atardecer y ella le susurra la palabra “beautiful”.
    Insisto. Todo lo lindo que decís está en tu mirada cinéfila, y no en la película en sí. Por eso los que la vean después de leer este post se van a sentir desilusionados.
    Un saludo, y mi admiración.

  4. Qué problema, Martincho. Mi redacción se ha sentido halagada y mi opinión cinematográfica, contrariada. Me quedo con el piropo.
    Gracias. 😉

  5. Algunas observaciones:
    – Esta es la 3era versión, no la 2da. La primera es en blanco y negro, la segunda es la producida por Dino de Laurentiis, en colores.
    – Había dinosaurios (o una serpiente gigante, muy bien no me acuerdo) en la versión original, no son un invento de Peter Jackson.
    –Andrés
    PD: ¡volví!

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