Los pitufos

Ayer me sorprendió el espacio que los diarios nacionales -al menos Clarín, La Nación e Infobae– le dedicaron al cumpleaños n° 50 de Los pitufos. Será que mi experiencia con los «schtroumpfs» (ése es su nombre original), experiencia literaria que tuvo lugar bastante antes de que las criaturas de origen belga desembarcaran en Telefé, fue muy poco enriquecedora, al límite del aburrimiento. Será que los recuerdos posteriores de una TV empecinada en promocionar el merchandising vinculado con los gnomitos azules y su archi-enemigo Gargamel no hicieron más que provocarme un rechazo imborrable.

Los Pitufos, en distintas versionesNobleza obliga. Nuestra picardía criolla encontró asidero en los smurfs (ése es su nombre anglosajón) en general y en determinados personajes -Pitufina, Papá Pitufo y Pitufo Gruñón- en particular. Si las neuronas no me engañan, el apodo «Papi Mafi» que Página/12 le endilgó al non-sancto empresario postal Alfredo Yabrán tuvo relación con la historieta (luego convertida en serie de dibujos animados) creada por Pierre Culliford, alias Peyo.

Al margen de este reconocimiento, siempre me costó encontrarles algo rescatable a los pitufos. Quienes sólo hayan visto la versión televisiva podrán argumentar que la propuesta apunta a los más chicos (menores de 6 años). En cambio, quienes conozcan el cómic sabrán que, dadas ciertas exigencias de lectura y narrativas, las aventuras publicadas buscaban llegar a una audiencia de más edad.

Probablemente porque fui (sigo siendo) fanática acérrima de Astérix, desde chica estuve convencida de que Peyo se inspiró en la obra de René Goscinny y Albert Uderzo, y por eso creó otra aldea en peligro de extinción, cercada por un malo-malo. Desde esta perspectiva condenable por cometer un anacronismo flagrante*, los gnomitos ocuparían el lugar de los galos (el «village» que imaginaron Goscinny y Uderzo también contaba con personajes muy identificables según la profesión que ejercieran o el humor que en general tuvieran) y Gargamel, el de los romanos o más precisamente el del temible y persistente Julio César.

En contra de la falsa hipótesis… En Los pitufos nunca hubo demasiado espacio para los guiños históricos, los juegos de palabras, las ironías anti-chauvinistas que caracterizaron a Astérix o a otro comic igualmente ocurrente como Lucky Luke. Probablemente por esa incapacidad de trascender las fronteras del mundo de fantasía infantil, el trabajo de Peyo quedó circunscripto a una audiencia compuesta por los más pequeños (las voces bobaliconas de la versión animada así parecen demostrarlo).

Leo los artículos publicados por Clarín, La Nación e Infobae**, y me entero de que los festejos por el cincuentenario pitufiano incluyen, entre otros eventos organizados, una exposición itinerante que se instalará en quince ciudades de Europa. Ante semejante despliegue, tendré que enfrentar la posibilidad de que mi opinión desfavorable sobre los «schtroumpfs» se origine en ciertas impresiones (¿distorsionadas?) heredadas de la niñez, y no en el espíritu crítico y ecuánime que a veces pretendo tener. 😛

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* Los pitufos nacieron en 1958 y Astérix, en 1961.
** Por supuesto, la cobertura periodística no podía dejar de destilar su -en este caso graciosa- dosis de amarillismo.