La invención de la soledad

La invención de la soledadAnte todo, La invención de la soledad es un libro profundamente conmovedor. Un libro honesto que Paul Auster parece haber escrito sin un ápice de especulación, sin la intención de provocar tal o cual reacción entre los lectores. Al contrario, este trabajo se presenta como un ejercicio necesario de introspección, ajeno a las exigencias de las editoriales empecinadas en vender historias atiborradas de sexo, suspenso y violencia.

Aún a pesar de aproximarse al género autobiográfico (género que en ocasiones puede resultar hermético o provocar la más sorda indiferencia), esta obra tiene un alcance universal. Por un lado porque aborda la relación entre un padre y un hijo; por el otro porque se refiere a la escritura como a una tarea íntimamente ligada a la lucha que todo ser humano mantiene por preservar la memoria y en cierto modo por burlar a La Parca.

Estas dos razones remiten a las dos partes que conforman esta publicación. La primera se titula «Retrato de un hombre invisible», y muestra los esfuerzos de Auster por recrear, asimilar, fijar los rasgos de su padre fallecido. De esta manera, el autor norteamericano repite lo que la mayoría de los mortales hacemos cuando perdemos a nuestro progenitor: tratamos de inmortalizarlo a través de recuerdos, fotos, objetos, y en algunos casos a través de la pluma.

La segunda parte, «El libro de la memoria», desmenuza los artilugios que permiten reconstruir el pasado, digerir el presente e imaginar el futuro. La crónica de esta travesía cronológica señala al arte -especialmente a la literatura y a la escritura- como instrumento capaz de capturar y recrear momentos, instancias que a veces consideramos meras coincidencias y, otras veces, designios de un destino tan preciso y certero como enigmático.

Auster podría haber redactado un ensayo sobre la paternidad, el paso del tiempo, la memoria, y la muerte. Sin embargo, La invención de la soledad está lejos de ser una publicación académica. De hecho, aquí las apreciaciones intelectuales ocupan un plano secundario en comparación con el protagonismo otorgado a un narrador absorbido por sensaciones y sentimientos. De ahí, probablemente, el efecto tan profundamente conmovedor.