La colifata

Conmovida por el primer contacto que tuve con La colifata, el sábado pasado me armé de coraje y viajé hasta el Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial Dr. José T. Borda para reecontrarme con los pacientes y no pacientes hacedores de este admirable -y saludable- proyecto de radiodifusión. En contraste con la experiencia excepcional que tuvo lugar hace casi un mes (excepcional porque la emisora transmitió desde la Plaza de los Dos Congresos), esta vez tuve oportunidad de ver a «los colifatos» -así se hacen llamar- en su propia salsa, desde su lugar, puertas adentro.

El Borda desde afuera.

Hace falta coraje para ir al Borda. De hecho, para la mayoría de los porteños, este nombre propio se encuentra intrínsicamente ligado a la versión más oscura, siniestra, temible de los llamados «loqueros» o «manicomios». Exclusión, encierro, enajenación, miseria, maltrato, promiscuidad son algunas de las palabras que enseguida nos arrinconan y acobardan.

Por si esto fuera poco, los espíritus cinéfilos grabamos en nuestras retinas las escenas de Hombre mirando al sudeste, que Eliseo Subiela rodó en pabellones y senderos del gran predio ubicado sobre la calle Dr. Ramón Carrillo al 300. Cuesta entonces olvidar aquellas imágenes filmadas en 1986 así como ignorar que desde ese año -aún en plena recuperación democrática– ningún Gobierno se ocupó de mejorar las condiciones de internación de los enfermos mentales.

Ingresar al Borda, transitar su parque descuidado, sortear los escombros acumulados, descubrir las construcciones deterioradas, percibir olores delatores de abandono y suciedad, cruzarse con pacientes alejados de la mano de Dios provocan una mezcla de pena, impotencia e indignación difícil de manejar. Por suerte hay quienes poseen la osadía, la lucidez, la fortaleza, la constancia necesarias para convertir el peor de los contextos en un marco digno para la creatividad, la comunicación y la solidaridad.

El Borda, una vez adentro

La gente de La colifata transmite desde un pequeño «cubículo» de cemento reconocible por un colorido mural. Bastan una consola rudimentaria montada sobre una camilla, una notebook, una antena improvisada y dos micrófonos para que la programación salga al aire todos los sábados, entre las 14.30 hs y las 19.30 hs aproximadamente, por FM 100.1.

Coordinados por Alfredo Olivera y un grupo de colaboradores, los conductores de cada propuesta (El fogonero, Acuse de recibo, Momento boliviano son los nombres de algunos micros) respetan los tiempos propios y ajenos, y saben lidiar con la intervención directa del público presente y, en diferido por cuestiones técnicas, con los mensajes de los oyentes. Dicho de otro modo, aquí no existen locutores divos, ni exigencias de rating, ni interrupciones publicitarias.

Trabajo realizado en el marco del FAB.

Esencialmente, éste es un espacio de reflexión, de interacción, de comunión que rompe con las dicotomías adentro-afuera; locura-cordura; enfermedad-salud. Para algunos, éste es también una suerte de refugio capaz de albergar, difundir y alentar el proyecto de una sociedad integradora, protectora, verdaderamente sanadora.

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Nota al margen
Éste es un párrafo especial dedicado a Manu Chao, amigo de La colifata, que se acercó a las instalaciones de la radio el sábado antepasado. Lamento enormemente haberme perdido ese (re)encuentro que -¡justo!- coincidió con el recital de The Police en River. Quienes quieran saber más sobre lo sucedido, por favor lean el cable que la Agencia Nova publicó acá.