Songs of mass destruction

Atención. Este post es obra de quien suscribe, admiradora incondicional de Annie Lennox. Inútil exigirle objetividad y espíritu crítico.
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Edición japonesa de Songs of Mass DestructionSoy una persona afortunada. Después de todo, no cualquiera tiene la suerte de que le regalen el nuevo CD de su cantante favorito/a, «made in Japan«. En este caso, la edición proveniente del Lejano Oriente incluye como bonus track la versión acústica de uno de los mejores temas del disco, es decir, del corte promocionado en las radios desde principios de octubre, Dark road.

Insisto: soy una persona afortunada. Puedo darme el lujo de llegar del trabajo a casa, ponerme ropa cómoda, descalzarme, acomodarme en el piso de mi habitación, y con el control remoto accionar el botón Play del minicomponente para que empiece a ejecutar las llamadas «canciones de destrucción masiva«.

Escuchar a Annie Lennox exige una postura relajada que nos permita la mayor concentración para compenetrarnos a fondo con su voz, con sus letras, y con la instrumentalización de sus melodías. En este sentido, nada mejor que acostarse boca arriba, la espalda, la cadera y las plantas de los pies bien apoyadas en el suelo, distender los músculos, cerrar los ojos y dejarse llevar.

El viaje imaginario es, sin dudas, un viaje de reencuentro. Por un lado, uno se reencuentra con las tres facetas más representativas de la cantante británica: en Love is blind y Ghosts in my machine con la imborrable impronta de Eurythmics; en Sing, Womankind y Lost con la artista comprometida socialmente; en Big sky, Fingernail, Smithereens y en la mencionada Dark road con la mujer cuya definición del amor se encuentra indefectiblemente ligada a cierta experiencia marcada por el dolor, la obsesión, la ironía y la melancolía.

Desde ya, más allá de sus distintas aristas, Annie Lennox es siempre Annie Lennox. De ahí que, por otro lado, también nos reencontramos con ese dominio vocal que la hace inconfundible, y con ciertos arreglos que incluyen los -a esta altura clásicos- juegos de coros y las -igualmente habituales- escalas de graves y agudos recorridas con total soltura y comodidad.

De tener que elegir «el» tema preferido, me quedo con el bonus track japonés. De hecho, como toda versión acústica, ésta también permite disfrutar a fondo el color y la textura de una voz educada, cuidada, pulida, bien colocada.

De tener que elegir la canción con menos llegada (siempre hablando en términos estrictamente personales, y por lo tanto discutibles), debería nombrar a Sing, cuyo valor pasa menos por el interés estrictamente musical que por su intención solidaria (su letra se refiere al flagelo del SIDA en África) y por la participación de intérpretes famosas, entre ellas Madonna, Céline Dion, Martha Wainwright, Pink, Anastacia, Dido, Shakira.

Dicho esto, Songs of mass destruction es el fruto de un trabajo impecable, digno de una cantante talentosa, disciplinada, respetuosa de su público. Con el tiempo, es probable que sus seguidores actualicemos nuestro ranking de «álbumes» (sepan disculpar la antigüedad del término) y situemos esta última entrega antes o después de MedusaDivaBare.

Por ahora, es cuestión de seguir reconociendo, descubriendo, saboreando el CD nuevo y- por qué no- de sentirnos fans afortunados… y mimados.