A Jamie y Steve

Hace poco, mirándolo en Retro, reparé en su nariz, en el tabique delgado y puntudo, y no me gustó. El hombre que en mi infancia elegí como futuro marido se me vino abajo en cuestión de minutos, treinta años después. De repente, tiré por la borda seis millones de dólares.
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Jamie y Steve, en cámara lentaCorría el año 1977 y, a la par, corría yo con mis Flecha dando zancadas en cámara lenta. A veces imitaba el ruido ése tan difícil de imitar, especie de progresión sonora que acompañaba los movimientos cuya aparente lentitud (lentitud producto de un efecto visual) era en realidad sinónimo de fuerza, de velocidad, de potencia, de in-des-truc-ti-bi-li-dad.

En aquel entonces creía que, a fuerza de ejercicio y voluntad, podría convertirme en Jamie Sommers, enamorar a Steve Austin y tener hijitos biónicos y/o nucleares (poco importaba la diferencia). Claro que antes de dedicarme a la maternidad trabajaría para Oscar Goldman y ayudaría a encarcelar a toda la delincuencia internacional.

Eso sí. Nada de cirujías, ablaciones ni injertos. La sola idea de reemplazar tendones con cables y retinas o tímpanos con microchips me causaba un poco de impresión. Quién hubiera dicho que, tiempo más tarde, quedaría fascinada ante un tal Terminator capaz de auto-reparar y auto-calibrar sus delicados componentes anatómicos.

Lindsay y Lee -perdón Jamie y Steve- constituían, a mi juicio, la pareja perfecta. Jóvenes, bellos, valientes, comprometidos, insobornables, inclaudicables. Aunque no compartieran mucho tiempo juntos, aunque no se abrazaran ni besaran como me hubiera gustado, estaba absolutamente convencida de que eran el uno para el otro.

Oscar Goldman entre Jamie y Steve 

Por otra parte, cómo no sucumbir ante los adjetivos «nuclear» y «biónico». Palabras que en aquel contexto televisivo de los ’70 aludían a un futuro revolucionario, a la existencia de una sociedad donde lo robótico siempre estaría al servicio de lo humano, y no al revés.

Corre el año 2007, y hoy sólo corro algunos metros para alcanzar el tren o el colectivo que se me escapa… una vez más. En ocasiones, imagino esa misma persecución urbana en cámara lenta, acompañada por aquella progresión sonora tan difícil de imitar. Y me convierto en Jamie, y escondo un mechón de pelo detrás de la oreja, y escucho. Escucho al tiempo pasar.