Gajes de la globalización

Hoy es noche de brujasDifícil tarea, la de resitirse a incorporar festejos y/o calendarios que nos resultan foráneos, y por lo tanto ajenos. Si el 14 de febrero nos empacamos y decidimos no desearle un «happy Valentine» a quien corresponde, somos unos insensibles desamorados. Si hoy 31 de octubre osamos cuestionar la pertinencia de Halloween, no faltará quien nos escupa el epíteto «aguafiestas» a la cara. 

En honor a la verdad; me cuesta entender qué se celebra o conmemora en esta noche de brujas. O, mejor dicho, qué deberíamos celebrar o conmemorar nosotros, habitantes de estas tierras tan alejadas de la cultura celta y de viejas prácticas instauradas en los Estados Unidos.

Nobleza obliga; es cierto que lidiamos con inquietudes religioso-esotéricas afines. Por lo pronto, por el simple hecho de pertenecer a un continente oportunamente evangelizado como ¿Dios? manda, tenemos experiencia con mujeres torturadas y quemadas vivas en hogueras. De hecho, las enseñanzas de la Santa Inquisición perduraron en el tiempo, tanto que volvieron a aplicarse en pleno siglo XX contra mujeres sospechadas por otros motivos.

Al margen de estos episodios desdichados, la figura de la bruja también ocupa un lugar en nuestra vida cotidiana. En realidad, en nuestro discurso.

Por un lado, eso de que «las brujas no existen pero que las hay, las hay» nos viene como anillo al dedo cuando necesitamos escaparle a alguna pregunta concreta que exige una respuesta concreta (la contundencia no es nuestro fuerte). Por el otro, el estereotipo de la vieja con cabellos grises y grasos, nariz ganchuda, verruga en la mejilla, pelos en el mentón y espalda encorvada encaja para todo tipo de malvadas, incluidas -¡en primer lugar!- las suegras.

A falta de hechiceras «famosas», los argentinos contamos con personajes igualmente poderosos y sugerentes, para bien o para mal; entre ellos la difunta Correa, el gauchito Gil, el pombero, y la versión criolla del mismísimo Satanás: Mandinga. Sin embargo, ninguno tiene cabida en nuestra celebración autóctona de este fin de mes.

Claro. Los porteños adoptamos; rara vez adaptamos. De ahí que hoy en la ciudad de Buenos Aires proliferen calabazas, esqueletos, cuerpos decapitados; zombies varios y demás protagonistas del Halloween anglosajón.

Difícil tarea, la de resistirse a incorporar festejos que nos resultan foráneos, y por lo tanto ajenos. A no quejarse. En definitiva, son gajes de la globalización.