Dignidad cartonera

Cartonero avant la lettre, según el pincel de Antonio BerniEn medio de las obligaciones laborales y de los trámites para reemplazar algunas de las pertenencias que me robaron en el microcentro porteño, ayer a la mañana recibo el llamado de un cartonero que asegura haber encontrado un bolso con las tarjetas y los documentos a mi nombre. Después de un breve intercambio de palabras, acordamos encontrarnos al final de la jornada para él poder “devolver” y yo poder “recuperar”.

Mientras las agujas del reloj se acercan a la hora señalada, a mi alrededor escucho distintas hipótesis sobre la verdadera identidad de los cartoneros, sobre sus verdaderas intenciones, sobre el precio que en principio cuestan estos pretendidos rescates. También escucho sesudos diagnósticos sobre la estrecha relación entre delincuencia e inmigración, y sobre “la proliferación de rateritos oriundos del conurbano bonaerense” (sic).

Las advertencias, los antecedentes, los pronósticos me contagian algo de la paranoia generalizada de quienes les endilgan a ciertos otros (llámense chilenos, peruanos, paraguayos o simplemente negros de mierda) el origen de todos nuestros males, incluída la ola de inseguridad que nos afecta a quienes pertenecemos y, por supuesto, tenemos privilegios. Parto entonces rumbo a la cita a ciegas con recelo y hasta con un poco de temor.

Pero el recelo y el temor se esfuman cuando llego a la dirección indicada y distingo los cabellos blancos de un hombre sesentón que carga papeles en un chango improvisado. Y cuando le escucho un tímido “soy yo” después de que pronuncio su nombre. Y cuando miro sus manos agrietadas que abren la bolsa de plástico verde donde efectivamente está mi bolsito bien cerrado y cuidado. Y cuando reconozco su acento correntino mientras me explica que en realidad fue su mujer la responsable del afortunado hallazgo.

Me disculpo de antemano mientras abro la cartera con la ilusión de encontrar lo irremplazable, y el señor Monzón no se ofende; no se ofusca ni se enoja. Tampoco reacciona demasiado cuando mi sonrisa confirma la presencia de los tickets y boletos del viaje a Francia, de los llaveros de Biarritz y Montréal, del monedero salteño, de la billetera regalada, de la agenda garabateada, de la última foto y el último beso, ¡de la cédula de identidad!

El señor Monzón no se escandaliza; no se disgusta; no espera -mucho menos pide- recompensa por el servicio prestado. Así, gesto a gesto, define y enaltece su condición de cartonero. De paso, sin siquiera proponérselo, desmiente, rebate, anula advertencias, antecedentes, pronósticos de quienes sólo saben destacarse en función de privilegios y pertenencias.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

10 thoughts on “Dignidad cartonera

  1. Es bueno saber que ahora tenes lo que mas anhelabas recuperar despues de que se te “llevaron” tu bolso, y mas saber que todavia existen personas digna en esta bendita patria.
    Me alegro que todo queda como una acnedota, papelerios burocraticos y un par de notas en el blog 😉
    Salute!

  2. Gracias, Nico. 😉
    Como bien decís, es bueno saber que todavía existen argentinos dignos. Yo creo que son muchos. También creo que suelen pasar desapercibidos; incluso -como en el caso del Sr. Monzón- son prejuzgados, descalificados (en general despreciados) y marginados.
    Un saludito.

  3. Que alegría que siento ante estas cosas spectatrice!!
    Primero me alegro mucho por la recuperación de tus pertenencias y segundo me pone contenta que todos esos prejuicios que, sin dudas, todos sentimos cuando sufrimos un robo o cuando estamos en una situación como la tuya se hayan esfumado.

    Hay muchos, muchos cartoneros honestos y otros tantos que no lo son, como también hay muchos empresarios honestos y otros no (donde dice “empresario” vale cualquier ejemplo, es claro)

    Yo ayudo a los cartoneros q trabajan por mi barrio y de casualidad el que trabaja en la esquina de mi casa vive a 5 cuadras de una de las escuelas donde yo enseño, en Fiorito. Entonces la cosa es recíproca, yo lo ayudo acá y él (ante cualquier llamado mio) me ayuda en la villa. No te voy a negar que hace años que lo veo y no me termino de acostumbrar, me duele verlo revolver mi basura, lo mismo me pasa cuando despido a mis alumnos de la tarde y sé que todos venimos para capital; yo a mi casa y ellos a trabajar.

    Bueno, me colgué.

    Saludos!!

  4. Divinos el Sr y la Sra Monzón!
    y me alegro que pese a que son “cosas”, te hayan devuelto los objetos imposibles de reemplazar…y bondadoso el ladrón, que sabiendo que eso no tenía valor de reventa lo dejó por ahí para que volviera a tus manos.
    Una historia con final feliz realmente. Me alegro por vos!
    besos.

  5. ¡Ay tan beeeeello el Sr. Monzón! Estoy segura de que con el bolso te devolvió a ti (y a nosotros) un poco de esperanza. Hoy saldré de mi casa con un sonrisón 😀

    Abrazos.

  6. Este post me alegró y me entristeció a la vez. Alegría obvia: por vos y porque todavía quedan personas así y efectivamente no son pocas. Tristeza por el país que hicimos y por los prejuicios y los marginados, muchos de ellos provincianos que partieron con una ilusión y nunca encontraron el camino de vuelta a casa.
    (Encima correntino! Entiendo cómo te habrá tocado de cerca, igual que me sucedería a mí)
    Saludos.

  7. ¡Qué bueno que todo termino de la mejor manera! El sr. Monzón no lo sabe, pero te ahorró unos cuantos disgustos…

    Saludo!

  8. Siempre que escucho: “lo que pasa, es que en este país…” – y luego la seguidilla de saberes populares sobre lo negativo que nos atormenta y cuánto mejor es en “otras partes”, porque allí la gente es más honesta, allá “estas cosas no pasan”- me salen granos en la frente!

    Eso fue lo que se me ocurrió cuando leí los comentarios que surgieron a tu alrededor antes de que fueras a recuperar tus pertenencias. Me imaginé el miedo que debes haber pasado, los prejuicios que aunque no querramos concientemente aceptar, nos persiguen y humillan.

    Gracias por este post! Me levantaste el ánimo y mi piel ya no parece adolescente. Estoy convencida de que “en este país” hay millones de señores y señoras Monzón dando vueltas. Tantos como en otros lados, donde también suceden cosas, donde también hay rateritos, estafadores y charlatanes. Solamente conocemos menos.

    Un abrazo optimista y feliz por vos!

  9. Cuando se ve la dignidad del hombre, en un sencillo cartonero que se gana su vida de la manera que puede, pero con la altura que debería tener un principe o un gobernante, que tiene a su cargo la protección de los gobernados, nos damos cuenta, que el “tener” no es “el ser” y que el orgullo de ser honrado, debería ser parte de todo aquel que ha nacido de una buena madre. Ojala éste ejemplo, pudiéramos verlo todos los días. Nos sentiríamos orgullos de ser decentes, solo por el hecho de serlo.. hay muchos cómo él, pero no tenemos ocasión de encontrarlos, tapados cómo estamos de noticias y situaciones indignas.que son lo que consumimos todos los días.

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