Chanchos

A cada porteño también le llega su San MartinAsí como a cada chancho le llega su San Martín, a cada porteño le toca convertirse en víctima del siempre ocurrente accionar delictivo. Desde secuestros virtuales hasta disparos a quemarropa, el abanico de opciones es amplio y variado. Ante tamaña diversidad, debemos sentirnos afortunados cuando los amigos de lo ajeno nos abordan de manera sigilosa y expeditiva.

Sigilo y expeditividad. Virtudes indiscutibles de quien ayer, en plenas Galerías Pacífico, supo aprovechar la distracción típica de un almuerzo de trabajo para apropiarse de mi bolso con toda discreción, sin forcejear, mucho menos sin violentar. Se agradece la deferencia.

(Dicho sea de paso, releo el párrafo anterior y pienso… «Apropiarse» o «adueñarse» suena muy formal. «Robarse», muy explícito. «Manotear», muy torpe. «Alzarse», muy vulgar. «Sustraer», muy burocrático. «Afanarse/chorearse/
birlarse», muy lunfardo. Elijo entonces el eufemístico «llevarse»).

Llevarse. Lo que el carterista/maleante/malviviente/delincuente/chorro/
punga/ladrón se llevó… Pocas cosas tan útiles como parodiar un célebre título cinematográfico para asumir un papel que hubiéramos querido rechazar y, en este caso preciso, para elaborar una lista de los bienes personales que el protagonista activo de esta historia «se agenció» (¡otro sinónimo!).

Vaso lleno. Mucho de lo que «se fue» -sigamos apostando al eufemismo- tiene reemplazo. Bolso por bolso, documentos por documentos, tarjetas por tarjetas, llaves por llaves, agenda por agenda, celular por celular, reproductor de MP3 por reproductor de MP3, anteojos de sol por anteojos de sol, lapicera por lapicera, lápiz labial por lápiz labial, peine por peine, paquete de pañuelos por paquete de pañuelos, tickets-restaurant por tickets-restaurant, dinero por dinero (después de todo el dinero va y viene, ¿no?).

Vaso vacío. También «se fue» lo irremplazable -atención, nostálgicos-, a saber: los boletos y entradas del viaje a Francia, el llavero de Biarritz, el llavero de Montréal, el monedero de Salta, la billetera regalo de mi vieja, las anotaciones de la agenda, la última foto, el último beso. 

A muchos el paralelismo les resultará poco feliz (por lo pronto, corre el riesgo de herir el tan inflado ego porteño). Sin embargo, la comparación es tan certera como la angustia del chancho que se sabe a un paso del matadero.