Lengua madre

Lengua madreLa llaman «materna», y está bien. Es innegable que establece un vínculo de filiación, de pertenencia, de identidad. Relación umbilical.

Me refiero a la lengua con la que nos pensaron, nos concibieron, nos gestaron, nos parieron, nos oscultaron, nos arroparon, nos amamantaron, nos acunaron, nos mimaron, nos consolaron, nos leyeron, nos explicaron, nos advirtieron, nos retaron, nos mandaron, nos excusaron. La lengua con la que solemos soñar, llorar, bromear, desear, injuriar, sumar/multiplicar/dividir/restar.

La lengua del doble sentido, de los lapsus y los furcios. La que mejor expresa -también la que mejor disfraza- opiniones y sentimientos.

La lengua madre. La lengua materna.

La que añoramos cuando hablamos otro idioma. La que se infiltra entre fonemas y vocablos extraños para distorsionar sonidos y términos ajenos. La que en otros países nos convierte en extranjeros. La que en esas mismas tierras lejanas nos estampa un acento -un cantito- para algunos delator, para otros simplemente pintoresco y encantador. 

En su reino, la lengua materna reconoce el avance de ciertos modismos foráneos y termina aceptando su incorporación al discurso cotidiano. Afuera, en cambio, no hace concesiones. Al contrario, contraataca los embates de la otredad rompiendo reglas gramaticales, improvisando conjugaciones, imponiendo interjecciones, adulterando vocablos.

La lengua madre nos encausa, nos protege, nos muestra, nos enseña, nos representa. A tono con su condición materna, también nos interpela, nos exige; a veces nos ata, nos limita, nos condiciona, nos cela, nos desgasta.