El discreto encanto

Este post no pretende ser una crónica deportiva. Se trata apenas de las impresiones recogidas por una espectadora lega en la materia, hasta hace poco ignorante absoluta, asumida y confesa, y durante la última semana casi forzada a incorporar el conocimiento mínimo necesario para conseguir la admisión a la gran fiesta nacional (internacional en realidad) del rugby.

Para beneplácito de mis compatriotas, debo decir que los franceses no terminan de digerir la derrota ante la Argentina. Pasó casi una quincena desde la sorpresa del viernes 7 de septiembre, y sin embargo el zarpazo de Los Pumas sigue doliendo por estos pagos hexagonales.

Los franceses asisten al Mundial de Rugby colgados de las paredes (foto tomada en Biarritz)

Algunos galos sostienen que el resultado del partido inaugural fue responsabilidad exclusiva de un equipo -el suyo- consumido por los nervios y la presión que suelen soportar quienes juegan como locales. En cambio, los más amables -probablemente los menos apasionados- optan por reconocerle mérito y garra propios al seleccionado celeste y blanco.

De todos modos, ni unos ni otros pueden deshacerse del sabor amargo provocado por ese primer mal paso. Ni siquiera la aplastante victoria del domingo pasado contra Namibia apaciguó el sentimiento de desazón y desconfianza. En parte por eso la espera del encuentro con Irlanda se da en un clima de escepticismo, cuando no de cierto temor.

Mientras tanto, los porteños que coincidimos en pisar estas tierras justo en plena contienda oficial asistimos a todo tipo de -pocas veces tan oportuna la metáfora- «tiros por elevación». Entre los más frecuentes, figuran los siguientes: que muchos de nuestros jugadores juegan en Francia (por lo tanto su buen desempeño es obra del entrenamiento galo); que en el partido de París nos limitamos a aprovechar los errores de los anfitriones; que nuestra suerte tiene sus minutos contados porque en definitiva nuestro verdadero talento se encuentra inexorablemente ligado al fútbol, deporte mucho menos sutil y caballeroso que el desafío propuesto por la inasible pelota ovalada. 

Ante semejantes comentarios/argumentos, quien suscribe elige guardar silencio, esbozar una sonrisa levemente pícara, y saborear -en contra de cualquier prejuicio- el discreto encanto de sentirse argentina. Y por favor… A no confundir orgullo con soberbia.