The bachelor/ette

El bachelor Andy BaldwinAsí como Gabriel García Márquez escribió sobre el amor en los tiempos del cólera, hoy la televisión global contextualiza al amor en una época de fría y total especulación. Ante la duda, basta con sintonizar Warner Channel y mirar The bachelor y/o su versión femenina The bachelorette para asistir a la estelarización de un Cupido absolutamente calculador, ajeno a su tradicional veta romántica.

Cuando comparamos este reality show made in USA con el autóctono Yo me quiero casar, ¿y usted?, el programa conducido por el pintoresco Roberto Galán parece un juego de niños. De hecho, la principal diferencia entre ambas propuestas se origina en el mecanismo de selección: casi pueril en la vieja emisión local; casi perverso en la producción foránea.

Es que The bachelor/ette exprime al máximo la intención de competencia. Lo cierto es que aquí importa menos elegir el alma gemela -o ser elegido como alma gemela- que ganar. Así, gana desde el vamos quien ocupa el rol de selector (suena a selector de personal) ya que, seguro, va a quedarse con uno de los tantos candidatos. Y por supuesto gana el seleccionado (suena a contienda deportiva) porque vence a sus colegas ternados.

El amor se convierte entonces en excusa para explotar la ideología darwinista de todos los reality shows. Me refiero especialmente a la noción del más apto, en este caso el más apto para formar pareja y -si me permiten la extralimitación- para asegurar la continuidad de la especie (especie conformada por los más atractivos, léase «televisivos»).

A tono con los valores del american way of life, el programa convoca a concursantes exitosos en términos profesionales y económicos o poseedores de un perfil carismático, heroico cuando se trata de hombres (los televidentes recordarán al valiente bombero que llegó a la instancia final en una de las primeras temporadas de The bachelorette).

Por lo pronto, la mayoría son ejecutivos o «entrepreneurs», autosuficientes, confiados, exitosos. La especulación es tal que hasta los parientes participan. Es decir, el selector comparte un momento -en general una cena- con los padres, hermanos, a veces cuñados de los candidatos, para luego decidir en nombre de una supuesta compatibilidad familiar.

La bachelorette Jennifer SchefftEn este concurso televisivo, el amor pierde uno de sus condimentos más jugosos: el azar. El azar no como fenómeno sin rumbo, aleatorio, sino como disfraz que algún dios viste para enamoranos en su debido momento, para cumplir con una suerte de designio supranatural.

Evidentemente el designio de The bachelor/ette no tiene nada de divino. Ni siquiera posee cualidades románticas. Es que el amor en los tiempos catódicos no es más que otro síntoma de una época víctima de la más insípida -aunque muy cotizada- causalidad.