El libertino

El libertinoQuien haya visto El libertino probablemente recuerde el monólogo de Johnny Depp/Conde de Rochester frente a cámara; la promesa (disfrazada de advertencia) de transgresión, provocación, escándalo; el protagonismo adjudicado a un espectador que en principio se reconoce parte de una sociedad con doble discurso y moral. Quien haya visto el -hasta ahora único- largometraje de Laurence Dunmore probablemente también recuerde el destino desafortunado de tanta pretensión y el consecuente sabor amargo típico de todo sentimiento de frustración.

En esta ocasión, cuesta creerle a Depp. Por un lado, ciertos ademanes y algunas inflexiones de voz parecen resucitar a Jack Sparrow, como si el fantasma del pirata taquillero jamás hubiera abandonado la pantalla grande. Por otro lado, el actor norteamericano no logra convertirse naturalmente en Lord inglés; de ahí que su trabajo resulte forzado, afectado, caricaturizado.

Decididamente el maquillaje tampoco ayuda. La peluca es el primer síntoma de mala caracterización. A medida que avanza el relato, las marcas exageradas de una sífilis galopante terminan de destrozar al personaje.

La observación también se aplica a la prótesis nasal que le pusieron a John Malkovich para transformarlo en el rey Carlos II. Digna de un viejo baile de carnaval, la protuberancia empaña toda demostración de talento actoral.

El guión de Stephen Jeffreys, encargado de adaptar su propia obra de teatro, también hace agua. De hecho, a diferencia de lo que sucede en otras películas de época como Relaciones peligrosas de Stephen Frears, aquí falla la reconstrucción histórica, no tanto por deficiencias de escenografía o vestuario sino porque los parlamentos están más cerca del discurso pomposo que de una narrativa fluida y verdaderamente interesante. 

Se sabe. El arte de la transgresión supone grandes riesgos. En un extremo, se encuentra la chabacanería, el ejercicio fácil y burdo de la provocación. En el otro, la exasperante sofisticación, mecanismo que confunde inteligencia con petulancia, y que provoca indiferencia o aburrimiento antes que risa o escozor.

Es una pena que el monólogo inicial de El libertino no advirtiera también esto.