Mi tía

Mi tioCuando era chica, mi viejo me llevó al cine a ver Mi tío, largometraje que Jacques Tati dirigió en 1958 a modo de sátira sobre los tiempos modernos de aquel entonces. Probablemente porque tenía 8 o 9 años, fui indiferente a la sorna del film; sin embargo la película se instaló inmediatamente en mi corazón por el simple hecho de expresar lo que todo sobrino siente por su tío favorito.
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Cuando era chica, yo quería ser como mi tía Aída. Actriz en sus años mozos, ella y su esposo Poen trabajaron duro para que Resistencia, su ciudad natal, tuviera vida teatral propia. La dedicación fue tal que en 2004 el Instituto Nacional del Teatro le otorgó el premio a la trayectoria regional.

Mi tía Aída nunca hacía alarde de sus logros profesionales. A lo sumo, contaba alguna anécdota cómica sobre los ensayos y las representaciones, o se refería a obras y a actores que la habían marcado como exponentes máximos e indiscutibles. Eso sí… Cuando venía a Buenos Aires, me regalaba funciones exclusivas que protagonizaba junto a personajes imaginarios y a mis títeres.

Con un aire a Fanny Ardant, esta mujer encantaba sin proponérselo. Para todos, tenía una palabra amable, un ademán afectuoso. El tiempo mantuvo intactos sus rasgos armoniosos, su figura esbelta, su mirada jovial y atenta.

A mi tía Aída poco le importó el escandalete que se armó cuando la vieron caminando por las calles de Resistencia, una mano enganchada en el brazo de su ex marido y la otra mano, en el brazo de su nuevo compañero. Quienes en aquella época se rasgaron las vestiduras seguro habrán guardado silencio cuando -décadas más tarde- mi tía alojó en su casa a ese mismo ex, esta vez para ayudarlo a transitar una enfermedad terminal. 

Mi tía Aída resistió con estoicismo los embates de la última dictadura militar. Madre de tres hijos, vio partir a los dos mayores rumbo al exilio y al menor lo asistió durante los ocho años que estuvo preso -sin juicio ni condena- a disposición del intervenido Poder Ejecutivo Nacional.

En esos años oscuros, mi tía Aída me escribía cartas («esquelitas», las llamaba ella, tal vez porque no eran muy largas), que firmaba como «Tiaída», apócope que me parecía una demostración incontestable de genialidad. Yo le respondía enseguida, con anécdotas escolares y dibujos varios.

Mi tía Aída era (es) la hermana menor de mi papá. Carne y uña, les bastaba una mirada para adivinarse, entenderse, complotarse. Ambos se habían hecho famosos por tentarse de risa en cualquier momento y lugar, aún en los más inoportunos. La cercanía era tal que muchos los imaginaban mellizos.

Es cierto. Las manos, los ojos, las cejas, el pelo de mí tía Aída eran -un poco-las manos, los ojos, las cejas, el pelo de mi papá. Por eso en ella siempre pude reencontrarme con mi viejo, aún después de perderlo.

Ayer sábado me avisaron que mi tía se está muriendo. Por eso en cuestión de horas viajaré mil kilómetros con la esperanza de llegar a tiempo para despedirme. En este viaje me acompañan los mejores recuerdos de infancia, entre ellos el título de una película cuya sola mención me permite reconocerme como la sobrina más afortunada… y hoy la más desdichada.

Hasta la vuelta, estimados amigos de Espectadores.