Elige tu propia aventura

Imagen extraida del blog De Beduinos y PingüinosGracias a un ocurrente post del muy recomendable El cliente NUNCA tiene la razón, me acordé de aquellos libros que supe «coleccionar» en mis años púberes (la colección fue muy limitada; mis viejos y la escuela preferían inculcarme otras lecturas). Me refiero a Elige tu propia aventura, propuesta que desde nuestro presente híper tecnológico podemos ver como posible antesala del furor virtual e interactivo.

De hecho, la novedad de esta serie radicaba en la posibilidad de que los lectores interviniéramos en el relato y decidiéramos en nombre del protagonista. En realidad, los lectores éramos el protagonista; de ahí que el texto utilizara la segunda persona para preguntarnos/interpelarnos.

Al principio, uno respetaba el juego al pie de la letra. La gracia consistía en saber dar con las opciones que permitieran explotar el relato al máximo, es decir, prolongarlo cuanto fuera posible, hasta llegar a un final feliz.

Con el tiempo, la práctica cambiaba. Después del tercer o cuarto ejemplar, uno aprendía a encarar las distintas historias en forma paralela. Era cuestión de imaginar una especie de árbol mental y tener en cuenta las ramificaciones que iban presentándose a medida que la narración avanzaba.

La tercera aproximación era más analítica. Se trataba de entender cómo había sido armado el libro en cuestión; de qué manera el autor había desglosado una aventura central en pequeñas anécdotas más o menos cerradas que conformaran un relato en función de alternativas predeterminadas.

Por último, cuando ya no quedaba espacio para la sorpresa, aparecía la veta «cómica». Había que leer el libro de corrido, sin detenerse en las preguntas que nos obligaban a elegir, y por lo tanto sin saltear páginas o alterar el orden impuesto por la numeración. A veces la experiencia resultaba surrealista.  

A la distancia, uno tiende a cuestionar la calidad literaria de Elige… En general las tramas eran bastante lineales, tanto que con un poco de experiencia era posible adivinar las consecuencias de cada opción y vislumbrar la suerte del protagonista. Ni siquiera las ilustraciones valían demasiado la pena.

Sin embargo, la invitación a interactuar con el libro mismo, la posibilidad de convertirnos en lector «activo», superaba cualquier interés artístico. Al menos eso le sucedía una niña de 11 años, en principio ilusionada con la idea de hacer suyas tantas aventuras plasmadas en papel.