El afinador de terremotos

El afinador de terremotosA tono con su título, El afinador de terremotos es una película bizarra. Proyectada fuera del circuito comercial (los interesados sólo podrán verla en el Malba), esta coproducción anglo-germano-francesa desafía los criterios estéticos y narrativos del cine convencional contemporáneo. De ahí que la propuesta corra ciertos riesgos de aburrir, cuando no de disgustar, a algunos espectadores.

Atención. La advertencia no busca afirmar que el film de los hermanos Stephen y Timothy Quay efectivamente resulta aburrido y/o desagradable. Al contrario, éste un ejercicio cinematográfico que nos invita a emprender una aventura onírica, surrealista, experimental. Sólo es cuestión de dejarse llevar… y disfrutar.  

Un poco como La canción más triste del mundo y La antena, El afinador de terremotos también les rinde homenaje al séptimo arte de antaño, a directores que cuestionaron el positivismo de su época a partir de obras cargadas de poesía, de ensueño, de luces y sombras ajenas al iluminismo racionalista.

Aquí el protagonismo otorgado a un psiquiatra recluido en una isla misteriosa y obsesionado por la pretendida perfección de sus autómatas coloca a la ciencia en el terreno de la locura y de la (auto)destrucción. Probablemente inspirados en los maestros Méliès y Murnau, los Quay recurren a la animación típica de los caleidoscopios, de las esferas de cristal con nieve, de los títeres, en suma, de artes visuales y escénicas anteriores al cine mismo.

Las actuaciones también resultan anacrónicas (que se entienda bien: «anacrónicas» no en un sentido peyorativo, sino como un simple contraste respecto de nuestro presente). Sin embargo, Amira Casar, Assumpta Serna, Gottfried John y César Saracho logran transmitir un erotismo particular (ese erotismo que apenas sugieren algunos sueños).

Además de citar a los pioneros del cine, El afinador… también posee una fuerte impronta literaria (la mención del terremoto de Lisboa nos hace pensar en el Cándido de Voltaire) y plástica (algunas escenas donde intervienen los autómatas parecen cuadros de Dalí). El collage artístico es quizás el mayor responsable de ese toque bizarro que, para algunos, resultará desagradable y/o aburrido y, para otros (me incluyo), oportunamente saludable.