Conversaciones con otras mujeres

Conversaciones con otras mujeresSegún la agenda publicada por IMDb, Argentina carece de una fecha de estreno para Conversations with other women (en España tradujeron el título como Conversaciones con otras mujeres), película dirigida en 2005 por Hans Canosa y protagonizada casi exclusivamente por Helena Bonham Carter y Aaron Eckhart. Qué pena; tal vez la pantalla grande habría sido el marco propicio para apreciar un largometraje que pretende mostrar -literalmente- las dos versiones de una misma historia de amor.

La intención debe ser tomada al pie de la letra. Es decir, durante la hora y media que dura esta coproducción británico-estadounidense, la pantalla aparece dividida en dos mitades separadas por una línea vertical.

En ocasiones, el doble enfoque corresponde a una misma escena tomada desde dos ángulos (a veces opuestos; a veces levemente cambiados). En ocasiones, las mitades remiten a tiempos y a espacios diferentes (lo que los personajes recuerdan a la izquierda, lo vemos a la derecha).

En formato de video/DVD, la pretendida innovación resulta cansadora para la vista y redundante para el intelecto. Si en Saraband (película que también «sigue» a dos ex esposos mientras reflexionan sobre su malograda relación) Ingmar Bergman supo jugar con silencios, con la fuerza de lo no-dicho, aquí Canosa abusa de la palabra y -peor aún- del refuerzo visual de la palabra.

Insisto. En ocasiones, lo que los personajes recuerdan a la izquierda, lo vemos a la derecha. Ejemplo: mientras en una parte de la pantalla vemos/escuchamos a la pareja protagónica recrear el primer diálogo entablado antes de descubrirse, en la otra parte vemos/escuchamos a un chico y una chica casi veinteañeros repetir el mismo intercambio de oraciones.

Multipliquen esta versión en paralelo por 90 minutos. Imaginen el esfuerzo que supone ver en pantalla chica una mitad que aporta poco y nada. Agréguenle la tarea de escuchar parlamentos dignos de una sesión terapéutica.

El golpe es casi mortal. Ni siquiera las actuaciones airosas de Bonham Carter y Eckhart logran compensar el efecto soporífero.

Alguien podrá argumentar que estos reencuentros (me refiero al reencuentro de estos «amores que matan») suelen ser verborrágicos, que siempre retoman los mismos recuerdos y argumentos, que consumen tiempo y energía sin nunca llegar a buen puerto. Es cierto.

Justamente por eso cualquier guionista/director interesado en abordar este aspecto de las relaciones humanas debe saber reflejar determinadas conductas sin por eso saturar al espectador. Después de todo, bien es sabido que los seres humanos tenemos una capacidad de escucha limitada cuando nos cuentan dramas amorosos ajenos.

¿Por qué en el cine habría de ser distinto? A menos, claro, que la pantalla grande haga milagros. Una pena; en Argentina nos quedaremos con la intriga.