Farewell, Blockbuster!

Tarjeta de una ex sociaSeguramente los fanáticos de Friends recuerdan aquel episodio en el que -¿Ross o Chandler?- decide desvincularse de un gimnasio al que no asiste nunca. Cada vez que el protagonista pisa el «club» para solicitar la baja, aparece una tal María -joven latina de cuerpo escultural- que termina desbaratando todo intento de desvinculación.

Hasta ayer experimenté algo similar con Blockbuster. No es que estuviera suscripta a un servicio que jamás utilicé (al contrario, se trata del videoclub más cercano a casa; por lo tanto es el que me queda más cómodo). Tampoco el local contaba con un bello Mario que valiera la renovación de mi membresía.

Pero lo cierto es que ¡durante más de un año! seguí asociada a un lugar al que siempre juraba no volver. De hecho, la rutina era siempre la misma…

Llegaba desganada a la puerta del local; tocaba el timbre mientras el guardia de seguridad me inspeccionaba desde el otro lado de la puerta vidriada. Cuando por fin me dejaban entrar, saludaba con un escueto «hola» que nadie se molestaba en contestar (ay, las benditas reglas básicas de educación) .

Enseguida caminaba cual autómata a la sección Estrenos y, tras dar con el anaquel abarrotado de éxitos taquilleros, me arrodillaba como para mirar los títulos ubicados más abajo. En realidad, les rendía honores a los cráneos que con todo tino y coherencia supieron bautizar a esta cadena multinacional. 

Nuevamente de pie, verificaba la presencia de ciertas producciones estelares que me tocó en suerte padecer en la pantalla grande, y daba gracias al Cielo por el made in Hollywood nuestro de cada día. Sólo después de terminado el rito, me permitía cambiar de sección.

La siguiente parada era el Cine Arte, categoría que en principio confirma la existencia de un Cine Industria, pero que de hecho es un espacio destinado a propuestas consideradas ajenas al gusto mainstream. Al margen de posibles especulaciones cinéfilas, este reducto de a lo sumo diez estantes con películas filmadas en las afueras de California era mi última (¿única?) esperanza.

En ocasiones tardé media hora en encontrar un largometraje que reuniera estos tres requisitos: no haberlo visto; que fuera relativamente reciente; que contara algo interesante. Cuando no tenía tanto tiempo ni paciencia disponibles, me conformaba con que se cumpliera la primera condición.

La instancia final era sin dudas la más escalofriante. Me refiero a la experiencia de pagar el alquiler. Primero, había que hacer cola. Aún cuando no hubiera gente esperando antes, era (es) obligatorio detenerse en el lugar indicado y, hasta nuevo aviso, acatar el «espere aquí» dictado por un cartel.

Recuerdo varias tardes en que hubo cuatro empleados detrás del mostrador. Los cuatro, libres. Los cuatro, conversando, o abriendo y cerrando las cajas registradoras, o acomodando DVDs y videos recién devueltos. Ninguno parecía verme ahí, solita, respetando a rajatabla el imperativo institucional.

Sospecho que no me querían demasiado. En honor a la verdad, cómo caerles bien cuando, de manera sistemática, siempre rechacé sus canjes carcelarios del 2×1, sus promociones semanales/quincenales/mensuales, sus combos por-el-mismo-precio-te-llevás-una-película-y-dos-alfajores-Pirulito (¿y si no me gustan los alfajores Pirulito?).

Últimamente ni siquiera los dejaba terminar el speech. Apenas pronunciaban las tres palabras «¿no te interesa…?», interrumpía con un esmeradamente cortés «no, gracias». Mi conducta pretendía ser de lo más expeditiva: saludo; presento credencial; entrego DVD elegido; asiento cuando nombran el título que quiero llevar; escucho importe; pago; recibo vuelto; recibo bolsa; me despido; abro puerta; salgo a la calle; juro no volver.

Aqui empezaba la rutinaDurante más de un año, repití esta rutina casi semanalmente. Sola o acompañada. De noche o de día. Con esperanzas de cambio o absolutamente resignada. Con sentido del humor o con mal humor.

Hasta ayer.

Ayer «me mudé» de videoclub. Queda una cuadra más lejos de casa, pero vale la pena prolongar la caminata. No sólo por una cuestión de interés cinematográfico, sino porque esos cien metros suplementarios simbolizan la distancia, el alejamiento, la despedida definitiva, tantas veces planificada, imaginada, anhelada… ahora -vía blog- oficialmente declarada.