Wasabi

Wasabi«Tengo que leer algo más de Alan Pauls». Ésta es la primera frase que me viene a la mente en cuanto termino Wasabi, tercera novela de un joven autor argentino que además se desempeña como crítico literario y cinematográfico (¿quién dijo que los críticos sólo viven del trabajo ajeno?).

La necesidad de otro «contacto literario» tiene que ver con las sensaciones contradictorias que derivan de esta primera aproximación. Por un lado, las desventuras de un atribulado escritor porteño en París me causaron gracia, me entretuvieron. Por el otro, imaginé -tal vez equivocadamente- que podrían resultarles indiferentes, cuando no indigestas, a quienes desconocen ciertas particularidades de la idiosincrasia francesa.

Por un lado, la prosa de Pauls me resultó cuidada, ocurrente, llevadera (hubo pasajes que me hicieron reír, y otros cuyas metáforas me sedujeron). Por el otro, creí encontrar una búsqueda de aceptación demasiado explícita.

Por un lado, descubrí a un autor osado, con personalidad. Por el otro, me pareció detectar una influencia muy notoria de maestros tan disímiles como Jorge Luis Borges (échenle la culpa a ese inconfundible uso del «quizás») y Osvaldo Soriano (posiblemente por el protagonismo otorgado a un anti-héroe).

Decididamente, tengo que leer algo más de Alan Pauls. Confío en que la lectura de otra novela terminará despejando contradicciones e inclinando la balanza a favor de un escritor en principio ocurrente y con personalidad.

A lo mejor -quién sabe- Wasabi es simplemente el puntapié inicial de una larga y promisoria amistad literaria. El tiempo, libros mediante, dirá…