Lo peor de lo peor

La apuesta a la salvación, encarnada en la imagen de un superhéroeLa apuesta a la salvación, encarnada en la imagen de un superhéroeDespués del exabrupto del domingo y de la infructuosa evasión del lunes, un intento de reflexión hoy martes.
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La apuesta a la salvación, encarnada en la imagen de un superhéroeAunque Marcos Aguinis no es santo de mi devoción, siempre recuerdo una de las premisas que plantea en su libro Un país de novela. A grandes rasgos, el escritor y psicoanalista cordobés explica que los argentinos siempre esperamos una “salvación”; rara vez buscamos una “solución”. De ahí nuestra tendencia a creer en los salvadores, no sólo porque los aguardamos sino porque además nos consideramos capaces de engendrarlos.

Llámese Rosas o Urquiza. Yrigoyen o Perón. Uriburu, Aramburu, Onganía o Videla. Alfonsín o Menem. Kirchner o Macri. Alguna vez uno u otro sector de nuestra sociedad apostó a una suerte de mesías laico y autóctono que prometió ponerle punto final al pasado y empezar de cero, con grandes proyectos de cambio, con la mirada puesta en la Nación (así, con inicial mayúscula) que al parecer merecemos. 

Nuestra conducta tiene orígenes ancestrales. Cuando fuimos colonia, creímos que los ingleses nos salvarían de los españoles. Cuando el imperio británico pretendió invadirnos, confiamos en la salvación francesa, incluso brasileña. Cuando los indígenas -verdaderos dueños de estas tierras- reclamaron su lugar en el mundo, apostamos a las feroces huestes de un ilustre general occidental y cristiano. Cuando el Reino Unido se nos vino al humo en Malvinas, les pedimos socorro primero a los norteamericanos, después a los soviéticos.

Así como a una solución se la asocia a un problema, a la idea de salvación se la vincula con un fenómeno de magnitud supranatural, con sucesos ajenos a la lógica, a la razón, al entendimiento humanos. Las causas adoptan entonces la forma de caprichos, de imponderables, de maldiciones; las consecuencias se convierten en flagelos, en desgracias, en tragedias inconmensurables.

El salvador bendice a sus seguidoresDadas estas circunstancias, el salvador aparece como la única figura capaz de rescatarnos del arrollador torbellino dantesco, y de devolvernos a nuestra feliz rutina y a nuestra sana normalidad. Ante semejante misión, su encarnadura también es suprahumana.

Los resultados de las elecciones para Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires aparecen como un ejemplo contundente en este sentido. El caos que la mayoría de los porteños vivimos a diario se manifiesta como una adversidad coyuntural, tanto para el oficialismo que por ejemplo equipara la crisis energética a un efecto climático colateral como para la oposición que circunscribe todo a una cuestión de ineficacia/ineficiencia gubernamental.

Aunque ubicados en las antípodas y con argumentos contrapuestos, oficialismo y oposición coinciden en esconder el origen estructural de situaciones críticas en principio inmanejables, y en difundir discursos montados sobre argumentaciones infantiloides y cortoplacistas. La actitud responde, por un lado, a una tradicional idiosincrasia paternalista y, por el otro, a la idea de que lo coyuntural alimenta y sostiene la fantasía de la salvación.

En efecto, lo coyuntural remite a circunstancias especiales, particulares, acotadas, atípicas. Por eso los ciudadanos creemos que el caos es momentáneo, que sólo es necesario contar con alguien capaz de enfrentarlo, de aplacarlo, de corregirlo, de dominarlo, de reducirlo, de erradicarlo.

Las promesas de cambio, otra constante de nuestra fantasia de salvaciónEs cuestión de que el mesías aparezca y revierta la situación con su poder puro y omnímodo (en el caso de Macri, se trata de su tan promocionada “capacidad de gestión”). Y entonces sí, por obra y gracia de esta suerte de divinidad terrenal, vendrá la salvación, y la salvación nos traerá paz, progreso y bienestar.

En escasos tres años, los argentinos festejaremos el bicentenario de nuestra supuesta independencia. Sin embargo, desde aquel 25 de mayo de 1810 la ilusión mesiánica nos acompaña, nos embriaga, nos sujeta y nos condena. Sin darnos cuenta, repetimos errores, apostamos a falsas ilusiones, incurrimos en eternas lamentaciones (a esta altura letanías). Y lo peor de lo peor: confundimos inexistentes salvadores con verdaderas soluciones.

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PD. Las imágenes de este post son capturas del sitio oficial del PRO.

Published by

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

2 thoughts on “Lo peor de lo peor

  1. Me encantan tus intentos de reflexión. Suman y aportan enormes cantidades de pensamientos. Para exabruptos y evasiones solo queda mirar alrededor. Cualquiera puede dartelas. Reflexion de esta calidad.. no
    🙂

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