XXY

Tres comentarios antes de reseñar XXY.

1.- Pobre Lucía Puenzo. El apellido, su condición de «hija de…«, la arrojan directamente a las fauces de los críticos ególatras, pretendidos profesionales que se amparan en una corte de aduladores para -con el desdén habitual- endilgarle al trabajo ajeno taras propias: prejuicios varios, interpretaciones maniqueas, falta de sensibilidad, miopía intelectual.

2.- A los argentinos suele costarnos encontrar un término medio. No me refiero a una postura híbrida, desapasionada, indiferente, sino a un ejercicio mental que nos permita analizar los distintos aspectos -eventualmente los pro y las contra- de un fenómeno, de una tendencia, de una obra.

3.- Quizás debido a lo expuesto en el punto anterior, las películas nacionales distinguidas en el exterior suelen provocar dos tipos de reacción radicalmente opuestos: o bien son elogiadas sin decir ni «mu» por respeto al dictamen extranjero, o bien son vapuleadas con vehemencia, entre otras cosas porque se sospecha que detrás del reconocimiento se esconden intereses (políticos y/o comerciales) ajenos -incluso contrarios- al mero interés cinematográfico.

Ahora sí, la reseña…

XXYA pesar de algunos aspectos cuestionables, XXY es una propuesta interesante. Primero, porque aborda con respeto y sensibilidad un tema delicado, urticante, polémico que los argentinos preferimos ignorar (atención: preferimos ignorarlo cuando queda descartada cualquier posibilidad de banalización, de farandulización, de ridiculización). Segundo, porque invita a una reflexión que supera la problemática del hermafroditismo, y que apunta contra la concepción dualista (dualista en un sentido cartesiano) de nuestra existencia. Tercero, porque nos permite descubrir a la joven actriz Inés Efrón.

El dilema aquí planteado remite a la necesidad de tomar una decisión que supone una elección con consecuencias absolutas, definitorias, irreversibles y que en principio garantiza una suscripción a la normalidad. A una normalidad constituída según pares de opuestos (varón/mujer; homosexual/heterosexual; sano/patológico; natural/monstruoso) y legitimizada por esa entelequia llamada «Sociedad» (nótese la inicial mayúscula).

De una u otra manera, la elección de Álex afecta a su entorno, y por lo tanto desencadena otras elecciones que también señalan la existencia de otros pares opuestos igualmente transgredibles: secreto/revelación; protección/exposición; libertad/imposición.

En su intento por desentrañar este panorama repleto de antagonismos, el guión de Puenzo por momentos desarrolla una mirada igualmente bidimensional que le quita profundidad al relato. Por ejemplo, el cirujano interpretado por Germán Palacios carece de relieves; parece creado pura y exclusivamente en tanto vocero de quienes dictan lo que es (a)normal. 

En este punto, cabe preguntarse qué habría sucedido si la guionista y directora hubiera prescindido de la pareja compuesta por Ramiro (Palacios) y Erika (Carolina Pelleritti), y si se hubiera concentrado en el drama familiar que afecta a Alex y a sus progenitores. Quizás habría sido menos superficial a la hora de mostrar el conflicto, el dolor que también atraviesan los padres encarnados por Ricardo Darín y Valeria Bertuccelli. Quizás habría evitado los parlamentos que pontifican sobre el qué dirán y lo que hay que hacer (pienso en la confesión de la madre de Álex a orillas del mar, o en la escena donde los personajes discuten cuándo se debe/puede empezar a tomar vino).

Como suele suceder, las limitaciones del guión repercuten en las actuaciones, sobre todo en las actuaciones de los adultos. En cambio, Inés Efrón y Martín Piroyansky saben explotar las distintas aristas de sus personajes.

No obstante, al margen de estas observaciones, XXY es un film recomendable por su osadía, y por su honestidad intelectual. Por lo pronto, vale como carta de presentación de una joven directora que -en contra de lo que sostienen sus detractores- promete superar las eventuales enseñanzas de su padre.

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PD. Posiblemente porque retoma la reconocida denominación de los cromosomas sexuales, el título de Puenzo me trajo a la mente Mi vida en rosa, película belga que también aborda el tema de la identidad sexual, aunque desde una perspectiva totalmente diferente, con un finísimo sentido del humor. Sin embargo, salvando las distancias abismales, ambos films tienen otro punto en común: la capacidad de transmitir el sufrimiento de quien no acata las combinaciones «admitidas» entre X e Y y la ferocidad de una sociedad empecinada en estigmatizar, en condenar, en castrar al distinto.