El último rey de Escocia

El último rey de EscociaPasó casi una semana desde que vi El último rey de Escocia, y sin embargo todavía me cuesta explicar porqué me resultó indiferente. De hecho, el film de Kevin Macdonald tiene dos grandes méritos: por un lado nos desasna en materia de historia africana; por el otro nos regala el mejor trabajo del siempre convincente Forest Whitaker. Sin embargo, a esta película parece faltarle o sobrarle «algo». Averigüemos qué.

Se sabe. Las recreaciones históricas no son moco de pavo, sobre todo cuando el ejercicio es ficcional. En este caso, escritores y cineastas corren el riesgo de tomarse licencias poéticas que provocan un desencuentro entre la intención pedagógica -o al menos testimonial- y la voluntad de construir un relato cautivante, «que venda».

Con El último rey… da la sensación de que su veta comercial exige la explotación de los dos productos más redituables: la violencia y el sexo. De ahí la necesidad de mostrar cadáveres mutilados, y la decisión de dedicarles celuloide a los flirteos amorosos del Dr. Garrigan.

Habría que leer la novela de Giles Foden para saber si estas elecciones narrativas son propias de la obra literaria, o si en cambio son exclusivas de la adaptación cinematográfica. Por lo pronto, después de ver la película uno se pregunta porqué las cámaras de Macdonald no bucearon más en la compleja relación que une al joven médico escocés con el dictador ugandés Idi Amin. 

Paradójicamente, el director -también escocés- se concentra en las partes que conforman la dupla, no en el todo (es decir, en la dupla en sí). Entonces el retrato de esta relación equívoca, utilitaria y mortal aparece como desaprovechado, proclive a una representación estereotipada, ni siquiera capaz de explotar la presencia de ese otro protagonista: el tercero en discordia, el siniestro diplomático inglés Nigel Stone (Simon McBurney). 

Aunque de manera menos flagrante, El último rey de Escocia comete ciertos errores de En mi tierra. No tanto porque incurra en el doble discurso o porque abuse de los golpes bajos, sino porque propone una aproximación histórica que peca de reduccionista y que por lo tanto resulta bastante lineal.