Una novia errante

Una novia erranteElogiada en San Sebastián y en Cannes, Una novia errante propone un retrato generacional que, aunque intrínsicamente argentino, adquiere un significado universal. De hecho, un poco como Eric Rohmer en sus obras estacionales, aquí Ana Katz parte de una historia mínima -la de una ruptura amorosa- para describir una realidad global, en este caso, la dificultad que muchos jóvenes treintañeros enfrentamos a la hora de formar pareja.

Escrita, dirigida y protagonizada por esta casi desconocida cineasta porteña, la película conforma un todo conciso y bien logrado con el que, por una u otra razón, podemos sentirnos identificados. En definitiva, quién no experimentó alguna vez el dolor, la bronca, la angustia, la desazón que siente María tras darse cuenta de que su novio Miguel la abandonó de la manera más impulsiva, absurda y desconsiderada. 

Los cuatro días que dura esta crónica del desamor son relatados con un registro coloquial, anecdótico, costumbrista. De ahí la clara pertenencia cultural, social, idiosincrática del largometraje. De ahí los contrastes que encontramos entre este trabajo y propuestas con una temática similar pero ambientadas en otros países. Por ejemplo, Una pareja perfecta.

Sin embargo, la coloratura autóctona no equivale a chauvinismo. Al contrario, convive perfectamente con ciertas reglas generales que definen la conducta de una generación poco afín al «hasta que las muerte nos separe». Atenta a esta tendencia, Katz ofrece una mirada tragicómica del asunto, que nos preserva de cualquier aproximación solemne, ombliguista o -peor aún- intelectualoide.

Fresca, honesta, a la altura de sus pretensiones, Una novia errante se convierte en otra muestra interesante del cada vez más heterogéno e inclasificable «nuevo cine argentino». Ojalá el público local sepa apreciarla, y así contradiga el viejo mito sobre la suerte de los profetas en su propia tierra.