Perfume. La historia de un asesino

Perfume. La historia de un asesinoEn contra de lo que anuncia el título completo, Perfume es mucho más que la historia de un asesino. Inspirada en el best-seller de Patrick Süskind, la película de Tom Tykwer cuenta una fábula sensual sobre el amor, el dolor, la soledad, la muerte. Aunque con algunos aspectos cuestionables, el trabajo del director alemán se destaca por lograr lo imposible: que el cine también despida olores.

Así como En busca del tiempo perdido reivindica el sentido gustativo en tanto aliado infalible de la memoria, este largometraje le otorga un lugar de privilegio al olfato. De ahí la difícil tarea de retratar un mundo de sensaciones ajenas a lo corpóreo, a lo tangible, a lo visible, a lo palpable. 

Probablemente la parte más representativa -y conmovedora- del film sea la escena donde el protagonista busca apropiarse del aroma de la joven mujer que sin querer lo ha conquistado. Sin dudas, el intento desesperado de Jean-Baptiste Grenouille es el mismo que ensaya cualquier amante obsesionado por capturar y conservar la esencia del ser amado.

El perfume aparece entonces como una suerte de fluido espiritual, como la marca indeleble e inconfundible que identifica a una persona, a un sentimiento. Por eso quien conozca sus secretos podrá convertirse en amo y señor de la vida, de la muerte, y de la humanidad entera.

Desde ya, Süskind es dueño de todo el mérito por haber imaginado semejante alegoría. A Tykwer, en cambio, cabe reprocharle cierta dificultad a la hora de realizar la adaptación cinematográfica. De hecho, al guión le falta capacidad de síntesis y por momentos el relato resulta redundante (pienso en el abuso de los primerísimos primeros planos acordados a la nariz del protagonista, y en una banda sonora excesivamente dramática y/o edulcorada).

No obstante estas limitaciones, el largometraje cautiva por más de un motivo. Por el esfuerzo de producción, responsable de una reconstrucción de época impresionante. Por las actuaciones del hasta ahora desconocido Ben Whishaw, de Alan Rickman, de Dustin Hoffman, de John Hurt (que vuelve a poner su voz al servicio de un narrador omnisciente). Y sobre todo por saber transmitir la magia de algo tan sutil, inasible, inexplicable como la penetrante fragancia del amor y de su más temible contracara, la muerte.