El tiempo

El TiempoDespués de Hierro 3 y El arco, el jueves pasado llegó a Buenos Aires la anteúltima película del siempre sugerente, inquietante y sorprendente Kim Ki Duk, El tiempo. Una vez más, el genial director coreano ofrece una lección de originalidad, de inteligencia, de estética. Por eso sus pinceladas cinematográficas únicas e insuperables vuelven a conquistarnos de una manera infalible, inevitable.

Eterna desazón de un nuevo rostro con recuerdos… Un poco como Michel Gondry en el recordado film interpretado por Jim Carrey y Kate Winslet, Ki Duk también se sumerge en las turbulentas aguas del (des)amor. En ambos largometrajes la memoria aparece como la aliada clave -y trágica- de una relación de pareja. En el primero, porque los personajes buscan someterla y erradicarla; en el segundo porque en cambio se mantiene intacta más allá de todo intento de alteración.

En la historia protagonizada por See-hee y Ji-woo, el tiempo se circunscribe a cierta omnipresencia del pasado, a la imposibilidad de superarlo aún cuando se recurra a la solución más drástica: una cirugía facial que -en este caso más que en cualquier otro- equivale a un cambio de identidad.
 
Por un lado, Ki Duk parece rendirle honores al amor único, irreemplazable, a aquél que se reconoce ante un único e inconfundible roce o beso o entrecruzamiento de manos («manos que encajan como guantes», murmuran los personajes). Por el otro, retrata la faceta más oscura, perversa, despiadada de ese mismo sentimiento, «el rostro» -valga la metáfora- que nos empuja a la locura, a la autodestrucción, cuando no a la mismísima muerte.

Como de costumbre, el cineasta coreano posee la capacidad de trasmitir belleza allí donde en principio no la hay (pienso en las primeras escenas que muestran los trazos que un cirujano plástico dibuja en una cara a punto de ser operada). También se distingue por contar una historia sin apelar a los lugares comunes ni a las concesiones.

Sin dudas, El tiempo es una película de múltiples lecturas. Pasan los días, y uno sigue pensando, descubriendo, imaginando. Igual que las horas y los minutos, el anteúltimo trabajo de Kim Ki Duk también moldea la percepción de nuestra existencia y, porqué no, de nuestra propia historia de amor.

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PD. El arte de este cineasta está presente hasta en el más mínimo detalle. Basta con fijarse, por un lado, en la presentación el movimiento del título/ideograma al compás del segundero de un reloj y, por el otro, en la intertextualidad creada con imágenes de Hierro-3.