Piratas del Caribe. En el fin del mundo

Piratas del Caribe 3Las superproducciones suelen aburrirme; las secuelas, desencantarme y el maravilloso mundo de Disney, exasperarme. Sin embargo, toda regla tiene su excepción. Por lo pronto, las tres «leyes» aquí mencionadas perdieron total validez cuando, poco después de apagadas las luces del cine, los fortalecidos piratas del Caribe secuestraron mi espíritu crítico para arrastrarlo hasta el fin del mundo. Quién sabe qué habrá sido de él.

Al menos (otra) parte de mí volvió para contar la experiencia o, mejor dicho, sólo para comentarla. Después de todo, nadie quiere conocer de antemano la suerte de Jack Sparrow, Elizabeth Swann y Will Turner, o el final de Davy Jones y Lord Beckett (me refiero a cómo pagarán sus pecados) o dónde y cuándo aparecerá Keith Richards disfrazado del capitán Teague.

Lo mejor de Piratas del Caribe. En el fin del mundo es su capacidad para superar las taras de su antecesora. Probablemente porque no es el jamón de ningún sandwich, esta tercera entrega evita explicar lo sucedido en el «capítulo» anterior, y tampoco hace las veces de evidente vocera del to be continued.

Desde ya, el guión de Ted Elliott y Terry Rossio vuelve a cerrar con un epílogo abierto (un doble epílogo para quienes se queden después de los créditos). Sin embargo, esta vez no quedan tantas hilachas sueltas y los espectadores podemos despedirnos de algunos personajes y de sus cuentas antes pendientes, ahora saldadas.

Con una historia más consistente, Gore Verbinski explota mejor los recursos que ya garantizaron el éxito de taquilla: una puesta en escena cuidada al detalle, unos efectos especiales asombrosos (cómo no quedar fascinados ante la batalla naval desatada en medio de un gigantesco remolino oceánico), una combinación equilibrada de acción, humor y suspenso, y el absoluto compromiso de los actores con la misión de entretenimiento.

En este punto habrá que valorar nuevamente el trabajo de Johnny Depp, Geoffrey Rush y -mi preferido- Bill Nighy (cómo me gustan la voz y la dicción de este camaleónico actor británico), y por supuesto volver a señalar la participación del mencionado Richards.
   
Una única observación que me sacó un poco de contexto. ¿Quizás fue una ilusión óptica? ¿Me pareció a mí o el niño del principio, el que canta antes de enfrentar la horca, deja ver unos frenillos de ortodoncia sobre sus dientes?

Uy… Al parecer mi espíritu crítico está regresando. Conviene entonces detener esta atolondrada reseña con un apresurado punto final.