El otro

El otroContrariamente a la mayoría de las películas que estamos habituados a ver, El otro no se concentra en una historia, sino más bien en un personaje. Quizás incluso desde una perspectiva todavía más acotada, en un estado de ánimo. De hecho, el film de Ariel Rotter alude al deseo -en este caso momentáneo- de desprenderse de uno mismo y de abrazar una otredad anónima, casi intrascendente, pero de alguna manera reparadora.

Hecha la aclaración, esta coproducción argentino-franco-germana no es apta para quienes buscan acción en un sentido convencional. Aquí los disparos, las carreras, las peleas, los revolcones, los efectos especiales brillan por su ausencia. Ni siquiera interviene gente especialmente linda.

Ajeno a cualquier intención de espectacularidad, El otro propone un ejercicio de introspección: comprometerse con Juan Desouza, y su necesidad de ensayar nombres, profesiones, vidas distintas. Para involucrarnos en la travesía, nadie mejor que Julio Chávez, actor acostumbrado a desentrañar el alma de personajes sufridos, taciturnos, callados.

La otredad le permite al protagonista -y nos permite a nosotros, espectadores- detenernos ante cuestiones tan fundamentales como la vejez, la muerte, la procreación. Es como si la posibilidad de «dejarnos de lado» nos ayudara a reconsiderar nuestro entorno, nuestros afectos, nuestra rutina, en suma, nuestra existencia.

Sin dudas, a Rotter hay que reconocerle dos grandes méritos. El primero: la presentación de un guión original, capaz de generar una tensión y una intriga indefinibles pero sostenidas. El segundo: el tino de contar con un elenco impecable que, además de Chávez, incluye al gran Osvaldo Bonet, a María Onetto, a Inés Molina, a Arturo Goetz y a María Ucedo.

En síntesis, ésta es una propuesta altamente recomendable para quienes tengan ganas de ver un cine sutil, sugerente, reflexivo. Los amantes de la acción, en cambio, deberán seguir siendo fieles a sí mismos y -valga el juego de palabras- pasar por alto esta inusual invitación a la otredad.