Machuca

MachucaDespués de ver Machuca, uno lamenta la escasa repercusión que el cine chileno tiene en estas tierras. Seguramente en el país trasandino existen otras películas como la que Andrés Wood dirigió en 2004. De ser así, los espectadores argentinos deberíamos pedirles a los distribuidores locales que crucen la cordillera más a menudo, y empiecen a saldar una deuda cultural contraída hace mucho tiempo.

Machuca tiene el mérito de saber superponer dos despertares conflictivos: el de un adolescente que se enfrenta a las falsedades, las traiciones, los atropellos propios del mundo adulto (adultos pertenencientes a su misma clase social); y el de una nación a punto de abandonar un proyecto revolucionario para caer víctima de una dictadura.  

Como Gonzalo Infante, nosotros también presenciamos los tejes y manejes de una familia acomodada. También descubrimos la existencia de dos Chile (el Chile pobre, marginado, con sus esperanzas puestas en una democracia socialista y el Chile rico, clasista, totalitario), y somos testigos intocables de la incipiente barbarie pinochetista

Salvo por una de las escenas finales, Wood no necesita recurrir a la violencia explícita para describir el desmadre desatado aquel fatídico 11 de septiembre de 1973. Al contrario, el retrato de la tensión social y política de ese momento surge a partir de ciertos “frescos” de la vida cotidiana, relacionados con la situación de desabastecimiento, el contraste entre las villas miserias y los barrios acomodados, el trabajo de la Iglesia tercermundista, las manifestaciones populares, la prepotencia militar.

Además de un guión sensible y comprometido, el largometraje se destaca por las actuaciones, especialmente las de los muy jóvenes Matías Quer, Ariel Mateluna y Manuela Martelli. Por otra parte, sorprende encontrarlo a Federico Luppi en un rol absolutamente secundario.

Por la dedicatoria del final, resulta evidente que Machuca contiene un ingrediente autobiográfico importante. De ahí probablemente su contundencia, su emotividad, su pertinencia. De ahí la empatía que despierta en los espectadores sensibles a las historias de vida atravesadas por “la” Historia, ésa que dirige el (a veces trágico) destino de nuestros países latinoamericanos.