La Sanísima Trinidad

La Sanisima TrinidadDespués de un mes y medio de prisión domiciliaria (en honor a la verdad, las últimas semanas gocé de cierta libertad condicional), mañana lunes retomo la rutina, hecho que -vaya paradoja- considero símbolo innegable de la autonomía recuperada. Es que, en determinadas circunstancias, un pie fracturado puede resultar mucho más tirano y limitante que el tedio laboral, sobre todo cuando debido a la inutilidad de un yeso debemos guardar reposo.

El reposo, la paciencia, la mesura conforman lo que doy en llamar la «Sanísima Trinidad», figura a venerar por parte de enfermos, accidentados, gente convaleciente en general. Permítanme analizarla con detenimiento.

Primer detalle importante: reposar no significa descansar, tampoco relajarse. ¡Que la sacrosanta patronal no lo permita! En el mejor de los casos, el verbo remite a la posibilidad de quedarnos en casa… para t-r-a-b-a-j-a-r desde nuestro domicilio, atados al teléfono y a la computadora como si de nuestro puesto dependiera la salvación de la Humanidad.

En cuanto a la paciencia, hay que aprender a racionarla. No es cuestión de invertirla precisamente en la curación, en este caso, en lidiar con el malestar óseo y las dificultades motrices. No, no. Conviene reservarla para las consultas médicas, cuando se trata de enfrentar diagnósticos e indicaciones inciertos y a veces contradictorios, o para la ardua tarea de desplazarse en una ciudad hostil, enemiga de todo peatón con problemas de movilidad.

La mesura es otro requisito fundamental. Debemos aprender a regular el malhumor producto del encierro, a dejarlo entrever sólo cuando es necesario (por ejemplo, para protegernos de ese optimismo forzado, fuente de comentarios como «hacé de cuenta que estás de vacaciones»), y a no descargarlo sobre el/las alma/s caritativa/s dispuesta/s a darnos una mano.

El reposo, la paciencia, la mesura también nos ayudan a repasar verdades de perogrullo que leemos/escuchamos hasta el hartazgo y que, absorbidos por la vorágine cotidiana, solemos olvidar. La primera: basta la salud; sin ella nada tiene demasiado sentido (ni gracia). La segunda: la medicina occidental deja mucho que desear. La tercera: en ocasiones la ayuda, las palabras de aliento surgen de quienes menos lo esperamos. La cuarta: en ocasiones la indiferencia, el silencio también provienen de quienes menos lo esperamos.

Por favor, sepan excusar la publicación de éste, un post más personal (¿íntimo?) que de costumbre. Habrá que echarle la culpa al entusiasmo de retomar la vida normal y, ¿por qué no?, a la intención de divulgar los preceptos de una Sanísima Trinidad cara a la entereza física y mental, que tan seguido ignoramos y que sin embargo siempre deberíamos cuidar.