La vida de los otros

La vida de los otrosAunque se ambienta en la República Democrática Alemana de los años ’70/’80, La vida de los otros bien podría remitir a cualquier país víctima de un régimen totalitario. De hecho, el film de Florian Henckel von Donnersmarck muestra los engranajes de un sistema perverso montado para hacer del hombre un animal unidimensional, privado de libertad, voluntad, sensibilidad y pensamiento. Elijan una nación al azar, y seguramente sabrán encontrarle un momento histórico específico, signado por el control, la censura, la persecución, la anulación, el aniquilamiento.

Ya que decidió concederle el Oscar a la mejor película extranjera, Hollywood también debería inspirarse en esta producción germana para aprender a hacer cine sin recurrir a sus clásicos planteos maniqueos. Es que, justamente, uno de los mayores méritos de este largometraje consiste en mostrar la compleja maleabilidad del ser humano.

En este sentido, cabe destacar la construcción de personajes como el capitán Gerd Wiesler y la actriz Christa-Maria Sieland, capaces de protagonizar un cambio imprevisto, inmanejable, inevitable que los conducirá a sus propias antípodas. Y con el mismo entusiasmo, habrá que elogiar la entrega de Ulrich Mühe (impresionante) y Martina Gedeck a la hora de encarnar al militar y a la musa teatral respectivamente.

La vida de los otros presenta más aspectos positivos o, en otras palabras, carece de ciertas taras típicas de muchos dramas que se pretenden recreaciones históricas. Por un lado, no es verborrágica; no pierde tiempo -ni celuloide- en explicar el contexto ni las características de la ex RDA. Por el otro, prescinde de la figura del héroe intachable erigido en símbolo de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Sin dudas, von Donnersmarck prefiere narrar una (o varias) historia(s); nunca la Historia. Tal vez por eso su propuesta no huele a pedagógica, mucho menos a ideológicamente aleccionadora.

Al contrario, la intención de este joven director alemán parece ser la de contar un retazo de vida. Que pertenezca a «los otros» no tiene demasiada importancia. Después de todo, de una u otra manera, los espectadores tenemos la oportunidad de vernos enfrentados a nuestra propia -también a veces impredecible- maleabilidad.