Malvinas

Cómo no recordar los titulares exitistas de GenteEl 2 de abril de 1982 tenía 9 años. Aunque me cuesta encontrar imágenes precisas de aquel viernes remoto, sí me asaltan algunos recuerdos correspondientes a las semanas subsiguientes, a ese tiempo de irrealidad contenida que vivimos desde ese día y hasta el desenlace ocurrido meses más tarde, el 14 de junio. Permítanme entonces esta crónica personal de la Guerra de Malvinas, basada en el testimonio de mi propia infancia.
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Recuerdo la voz carrasposa de Galtieri anunciando la sorpresiva recuperación de las islas, y la casi inmediata euforia de todos -o casi todos- los argentinos.

Recuerdo la súbita importancia que las maestras le adjudicaron a «la hermanita perdida», según los versos de don Atahualpa Yupanqui. En Historia, reivindicaron la figura del gobernador Luis Vernet; en Geografía impugnaron todo mapa que incluyera la leyenda «Falklands»; en Música, nos enseñaron a entonar «Tras un manto de neblinas, no las hemos de olvidar…».

Recuerdo la parodia de un jingle publicitario que los chicos solíamos cantar en los recreos y en el micro de regreso a casa. «Thatcher, vieja podrida, este verano no irás a las Malvinas…».

Recuerdo los informes triunfalistas del periodista Nicolás Kasanzew, transmitidos desde el noticiero del entonces ATC, así como los titulares igualmente exitistas del fanático diario Crónica y de la siempre inescrupulosa revista Gente, entre otras publicaciones oficialistas.

Recuerdo la «gesta mediática» emprendida por Pinky y Cacho Fontana, esas 24 horas de las Malvinas Argentinas destinadas a recaudar fondos, alimentos, ropa para los soldados enviados al Atlántico Sur. Recuerdo la carta que mi viejo me ayudó a escribir para quien fuera a recibir nuestra donación.

Recuerdo el monólogo de Tato Bores sobre las corridas en Plaza de Mayo, sobre las simultáneas y contradictorias manifestaciones de protesta/apoyo en contra/a favor del gobierno militar.

Recuerdo el boom del rock nacional en las radios y en las disquerías. «No bombardeen Buenos Aires», cantaba Charly. «Sólo le pido a Dios», insistía León.

Recuerdo los rumores provenientes del exterior, las discusiones con amigos extranjeros, el estupor ante el hundimiento del crucero General Belgrano, las tapas de la revista Humor, la inminencia de una derrota inevitable.

Recuerdo las imágenes de nuestros soldados vencidos por el hambre, el frío, la falta de preparación, la incompetencia y cobardía de los altos mandos, la superioridad del enemigo. Recuerdo los rostros pálidos, ojerosos y desolados, los uniformes roidos, las botas rotas y enlodadas, los vendajes improvisados.

Recuerdo el abatimiento de los adultos, la vergüenza por haberse sentido estafados y usados, el remordimiento por sospecharse cómplices de una (¿de otra?) matanza generacional, el dolor ante las tumbas sin nombre y ante los heridos sin futuro, el desconsuelo ante una recuperación fallida e inexistente.

Recuerdo el rostro compungido de mi madre mientras escuchábamos en la radio del Renault 6 la noticia sobre la rendición. Recuerdo el manto de silencio extendido después de ese 14 de junio tan indeseado.
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Pasaron 25 años desde aquel otoño… Y sin embargo todos estos flashes permanecen intactos, listos para acecharnos en cada aniversario, dispuestos a probarnos que Malvinas sigue vigente en la memoria -probablemente en el corazón- de muchos argentinos. De ahí este (¿necesario?) recordatorio.