Cansancio súbito

A lo mejor Alessandra también se cansóLa televisión que habla de sexo me cansó. Lo escribo así nomás, sin delicadeza, sin vueltas, sin miedo a que me tilden de recatada, puritana, ¿mojigata? Es más. La saturación ha llegado a tal punto que añoro los tiempos en que la pantalla chica ignoraba olímpicamente la vida sexual de la gente. Al menos de los hombres y mujeres anónimos, de los simples televidentes.

Que se entienda bien. Me resulta positivísimo que los padres, las escuelas, los Ministerios de Salud y Educación, y eventualmente los medios de comunicación aporten su granito de arena a favor de una educación sexual saludable y libre de prejuicios. Considero igualmente encomiable que ante alguna duda o inconveniente las parejas consulten con un especialista y, de ser necesario, inicien una terapia o tratamiento.

Lo que me irrita es, una vez más, la espectacularización de la intimidad, la banalización de sentires, sensaciones, experiencias que pertenecen al ámbito más subjetivo, privado, propio de una persona.

Como otros fenómenos mediáticos, éste también arrancó con el pie derecho, como una chispa innovadora capaz de avivar la apagada, rutinaria, previsible caja boba. En este sentido, hay que reconocer el ojo de quienes detectaron en Alessandra Rampolla la promesa de un nuevo gurú televisivo.

Atractiva, carismática, desenvuelta ante cámaras ¡y con acento caribeño!, a esta sexóloga recibida en el Institute for Advanced Study of Human Sexuality (IASHS) de San Francisco no parece faltarle nada. Por lo pronto, se presentó como una profesional responsable, segura, discreta, confiable, defensora del placer bienhabido, incapaz de juzgar o cuestionar las preferencias de sus (potenciales) pacientes. En síntesis, la cara opuesta de aquella temible e inolvidable Dra. Diu, que interpretaba Gabriela Acher para Tato Bores.
     
Si mal no recuerdo, Rampolla debutó hace unos años en Confidencias de Cosmopolitan TV. El programa llamó la atención por saber combinar naturalidad, seriedad y respeto. Quizás por primera vez, muchos televidente escucharon las palabras «pene», «vagina», «clítoris», «fellatio», «eyaculación», «orgasmo» sin el debido contexto porno o ginecológico de rigor. Probablemente también por primera vez, otros tantos se dieron cuenta de que sus fantasías, dudas, limitaciones, taras, temores no eran tan «únicos», «exclusivos», «preocupantes» como habían imaginado.

Hasta aquí todo muy alentador… El problema es que después de una irrupción original y osada, casi vanguardista (al menos para la TV latinoamericana), la fórmula comenzó a repetirse. Eso sí. Con la conductora cada vez más estilizada. Con el acento puesto en el marketing sexual, es decir, en las fantasías, en los mitos, en lo novedoso, en los inusual. Con el -a esta altura viejo- truco de invitar a famosos dispuestos a compartir sus secretos.

Desde entonces, las otrora confidencias se convirtieron en revelaciones a viva voz y en exposiciones a todas luces. Y así, poco a poco, la televisión ha despojado al sexo de -al menos a mi juicio- sus fortalezas más grandes, si se quiere, sus armas más poderosas: la magia y el misterio. De ahí esta sensación de desencanto. De ahí, probablemente, el súbito cansancio.