Mis gloriosos hermanos

Mis gloriosos hermanosPocas películas canadienses llegan a la Argentina, y sin embargo la experiencia con el cine de aquel otro gran país del Norte ha sido positiva. De hecho, a la lista de títulos integrada por Jesús de Montreal, La decadencia del imperio americano y Las invasiones bárbaras, ahora se suma Mis gloriosos hermanos, comedia dramática que narra el despertar de la identidad sexual de un niño/adolescente criado en el seno de una familia numerosa y muy católica.

A diferencia de la manipuladora Tarnation, la propuesta de Jean-Marc Vallée evita la espectacularización. En otras palabras, lo que distingue a ambos films relatados en primera persona es justamente un concepto distinto de lo autobiográfico. Así, mientras el trabajo de Jonathan Caouette se parece a un reality show unipersonal, la propuesta aquí comentada no sobreexpone a sus personajes ni explota la eventual sordidez de las situaciones poco felices.

Decididamente Vallée no pretende transgredir ni escandalizar. El suyo tampoco es un relato ombliguista, únicamente centrado en el protagonista. Al contrario, su propuesta consiste en mostrar a Zachary Beaulieu «y a sus circunstancias», como diría Ortega y Gasset.

C.R.A.Z.Y es el título original de este largometraje. Por un lado, se trata del acrónimo conformado por las iniciales de los nombres de los hermanos en cuestión. Por el otro, estamos ante el título de una conocida canción interpretada por Patsy Cline, cuyos discos atesora el padre de Zach. Además nos enfrentamos a la neurosis que suele definirnos como seres humanos, y que por supuesto también se traslada a nuestras familias.   

En este caso, la locura se presenta como un fenómeno cotidiano, a veces pintoresco, otras veces trágico. La locura como consecuencia del enfrentamiento que -de una u otra manera- cada individuo mantiene con los mandatos impuestos por la religión, la sociedad, los padres, los otros.

Mis gloriosos hermanos cuenta con un guión cuya solidez permite combinar ironía, ternura y tragedia sin necesidad de recurrir al chiste fácil, a la moraleja cursi ni al golpe bajo. Por su parte, la dirección de Vallée presenta tres atributos fundamentales: un muy buen manejo de los actores, todos ellos excelentes; un trabajo de edición efectivo a la hora de transmitir la subjetividad del protagonista; y una banda sonora acorde a la época y a los personajes retratados.

Es una pena que las películas canadienses tengan tan poca difusión en la Argentina. Quizás, si los distribuidores les dieran más cabida, el público local tendría la oportunidad de comprender que el cine «norteamericano» no se circunscribe únicamente a las producciones made in Hollywood y/o Nueva York. De hecho, más allá de esas fronteras, se esconde una interesante filmografía que sin dudas merecemos descubrir.