Una victoria más

Una victoria másSegún su autor, Una victoria más «pretende ser algo más que un policial negro entretenido». Vaya aclaración, cuando el libro de Ricardo Luis Polo ni siquiera cumple con la promesa implícita de suspenso y -perdón por la redundancia- entretenimiento. De hecho, parecería que este director de escuela con veleidades literarias se preocupa por la forma y el alcance de su relato antes que por un aspecto básico y primordial: el contenido.

Dicho de otro modo, esta «novela» de 158 páginas es un compendio de lugares comunes que busca confirmar los distintos puntos de la mini biografía publicada en una de las solapas de la encuadernación. A saber: estamos ante un «porteño, docente por vocación y convicción (…) que incursionó en el lunfardo», y que prestó «sus servicios a la cultura francesa».

Tengamos en cuenta que el texto está escrito en primera persona. Así, el protagonista -el investigador de seguros Federico G. Pecthos Branka- es el alter ego de Polo. De ahí la necesidad de deslizar comentarios sobre la relación entre el vacío institucional que aqueja a nuestro país y la existencia de una juventud maltratada y marginada. De ahí la elaboración de un discurso empecinado en mostrar cierto dominio del lunfardo y del idioma francés.

La prosa resulta entonces forzada, artificiosa, cursi, rimbombante. Aparentemente Polo confunde escribir bien con escribir con afectación. Por eso encontramos frases como «voy a leer algo de lo que tengo ante mí», o «salió una mujer y me inquirió a quién buscaba», o «llegué a la entrada de la casa, precedida por un jardín».

Paradójicamente semejante interés en impresionar al lector le hace descuidar reglas gramaticales fundamentales. Por ejemplo, Pecthos tiene la inusual constumbre de sentarse «en» -nunca «a»- la mesa.

(Voy pasar por alto el detalle de haber leído a «Uzorkis» en lugar de «Uzorskis» porque prefiero pensar que se trata de un error tipográfico).

Además de una redacción a la vez aparatosa y endeble, Una victoria más presenta otro gran defecto. Me refiero al mal manejo de la intriga narrativa, es decir, al desarrollo de una historia que se limita a explotar los recursos del género policial (los vericuetos de la investigación, la aparición de diversos sospechosos, la contradicción entre testimonios, las falsas hipótesis) para dilatar la llegada de un final improvisado y absolutamente tirado de los pelos.

Si a esto le agregamos las referencias y reflexiones que sustentan la mencionada pretensión de ser «algo más que un policial», ya no hay marcha atrás: la indigestión se vuelve irremediable. Tanto que, en realidad, la verdadera victoria consistiría en abandonar la lectura de este libro a tiempo.