Tiempo de vivir

Tiempo de vivirEl tiempo que queda. Así deberían haber traducido el título de Le temps qui reste, excelente película sobre las últimas semanas de vida de un joven fotógrafo víctima de un cáncer tan sorpresivo como fulminante. En manos de Hollywood o de un director mediocre, la historia de Romain se habría convertido en un folletín cursi con alguna intención moralizadora (quién sabe si no le habrían insertado algún final feliz). En manos del talentosísimo François Ozon, la inminencia de la muerte es tratada con un respeto y sensibilidad extremos, sin recurrir al golpe bajo ni al discurso edificante.

Filmada en 2005, Tiempo de vivir (habrá que conformarse con la traducción oficial) llega recién ahora a Buenos Aires. La espera valió la pena, sobre todo para quienes seguimos la trayectoria de Ozon desde la impactante Gotas que caen sobre las rocas calientes, estrenada hace ya siete años.

Probablemente este último largometraje termine de confirmar que el realizador francés es un exhimio retratista del ser humano en toda su dimensión afectiva, es decir, como sujeto siempre atravesado por los otros (llámese pareja, familia, amigos, colegas, incluso desconocidos) y por ese alter ego que todos llevamos dentro (llámese conciencia, inconciente o memoria).

El guión de Ozon es sencillamente irreprochable. Además de prescindir de cualquier golpe de efecto, tiene el tino de evitar los parlamentos redundantes y las imágenes explícitas. Aquí los silencios, las miradas, la banda sonora dicen mucho más que cualquier pose o palabra.

Por supuesto, esto no habría sido posible sin la entrega y la versatilidad de Melvil Poupaud, actor a cargo del rol protagónico, con (casi) todo el peso del drama sobre sus hombros. De hecho, su interpretación conmueve hasta las lágrimas. No precisamente por histriónica, sino por sentida y comprometida. 

También cabe mencionar las participaciones de la impecable Jeanne Moreau (la última conversación entre abuela y nieto conforma una de las escenas más sobresalientes) y de la siempre convincente Valeria Bruni Tedeschi, actriz que muchos descubrimos gracias a Vida en pareja del mismo Ozon.

Quienes vieron Un año sin amor de Anahí Berneri seguramente encontrarán algunos puntos de contacto con Tiempo de vivir. Es cierto. Sin embargo, a diferencia de su par argentina, la película francesa no busca provocar ni incomodar al espectador (por lo pronto, la condición gay del protagonista no hace al nudo argumental); «simplemente» lo invita a reflexionar sobre la muerte -en este caso prematura- y su infaltable contracara, la vida.