Romance teatral

Una sala de teatro, casi litúrgica«Comparen el teatro y el cine… El teatro expone a los actores frente a un público y, cada noche, mientras dura la temporada, estos actores recrean un mismo drama. La naturaleza profunda del teatro se nutre del sentido del ritual. El cine, en cambio, transporta a su audiencia en forma individual y única fuera de la sala de proyección hacia lo desconocido”.

La frase pertenece al pintor y escritor británico John Berger y sintetiza lo que muchos espectadores sentimos, pensamos sobre las dos variantes más importantes del arte escénico. Puestos a elegir, algunos privilegiamos el eterno viaje temerario; otros prefieren permanecer en sus butacas y desentrañar los vericuetos de una práctica casi litúrgica.

Aunque felizmente casada con el cine, a veces envidio a los amantes del teatro. Por momentos se me ocurre que la relación con las tablas tiene raíces más profundas, más primitivas también. La proximidad de los actores, de la escenografía; el contacto inmediato (inmediato en el sentido literal del término, es decir, sin mediación) con los personajes, con los acontecimientos relatados construyen un vínculo íntimo entre realidad y ficción, entre «ellos» y «nosotros».

A diferencia de las películas que nos desprenden de la butaca y de nuestro presente, las obras teatrales conviven con nuestro aquí y ahora. Estimulan nuestros sentidos sin necesidad de envolverlos o enajenarlos.

¿Será que el romance teatral implica mayor generosidad, menos tiranía? Quizás esta otra diferencia -además de la señalada por Berger- explique la envidia de quien reconoce las limitaciones de su absorbente matrimonio cinéfilo.