Reflexión sesuda

Los pobres ya no son lo que eran antes“.

Pobres, feos, sucios, hogazanes, indignos, molestosLa ocurrente frase no es de Susanita. En honor a la verdad, la escuché hace unos días en boca de una compañera de trabajo, empecinada en demostrar cuán irrespetuosas, molestas, agotadoras resultan estas personas feas, sucias, holgazanas, ventajeras, acobachadas en villas miseria debidamente acondicionadas “con Direct TV” (sic).

Reflexión sesuda de una joven porteña cuyo ideal romántico de la pobreza la lleva a añorar aquella indigencia humilde, resignada, sumisa, ésa que sabe esconderse (o al menos disimular) para no importunar las buenas conciencias de quienes siempre tuvimos nuestras necesidades -básicas y no tan básicas- más que satisfechas.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

5 thoughts on “Reflexión sesuda

  1. Esto me recuerda un incidente que tuve ayer en la universidad. Estaba en plena clase de taller I (lo que significa alumnitos nuevos, recién sacados del liceo en su primera semana de clases) y de pronto, irrumpió en el salón un Sr. diabético que tiene por costumbre interponer entre la puerta y el marco de la puerta su pie hinchado como para que no se le niegue la entrada al salón para pedir algo de ayuda. Cuando le pedí que se retirara (porque me daba pánico que le pasara algo a estos bebés) el señor se ofendió y nos dio una clase sobre humanidad con todo el atropello de su vida malograda por la enfermedad y la sociedad.

    Si no fuera porque este es el ‘trabajo’ regular de ese señor, porque en la Facultad de Ingeniería (vecina a la de Arquitectura y Diseño donde trabajo) tienen que escoltar la puerta un par de vigilantes cuando hay examen de cálculo para que no les roben las calculadoras y los celulares a los estudiantes; si no fuera por aquella vez que la niña retrasada de una indigente me golpeó con toda su fuerza la espalda mientras estaba yo desprevenida esperando una clase en mi salón y cuando me di vuelta su madre me miro con cara de ‘si te mueves, te mato’… si no fuera por otras situaciones como esta, yo me sentiría conmovida por las personas que en la vida o no han tenido oportunidad o no han tenido la chispa para aprovechar las poquitas oportunidades que se le presentaron. Sobretodo porque sí hay mucha gente que le ha sacado provecho a lo poqito que la vida le ha dado y ha logrado salir adelante por su cuenta.

    Mi mente es pobre y se muestra, en ocasiones como ésta, hastiada. Ya sé… de aquí a la quinta paila, Spectatrice 😦

  2. No sé, Pati @-;–…

    Hechos como los que contás suceden a menudo en Buenos Aires, y a veces a mí también me sacan de quicio. Pero después del enojo enseguida me viene una reacción de disculpa. Por un lado, me pongo a pensar cómo sería yo si mis abuelos, mis padres y yo misma nunca hubiéramos salido de la miseria, si siempre me hubiera sentido marginada, sin acceso a una buena alimentación, a un servicio de salud, a una buena educación. Me pregunto si no estaría resentida con los que sí han tenido esos derechos, si no sería brusca con gente que consideraría privilegiada.

    Por otro lado, ante sucesos como los que describís, también pienso que el atropello de “los pobres” (por llamarlos de algún modo) es infinitamente inferior, una nimiedad, en comparación con el atropello que nuestras sociedades han sufrido por parte de la clase media-alta, en general responsable de encarnar la (desastrosa) dirigencia de nuestros países. Desde este punto de vista, me resultan mucho más indignantes las políticas de explotación, hambre, represión implementadas por la llamada “gente bien” que el empujón, el robo, el insulto de mendigos y ladronzuelos.

    Llevándolo a un contraste menos extremo y obviando la cuestión política, puedo asegurarte que los porteños de clase media-alta pierden cada vez más la noción de normas de civilidad y educación. Basta con utilizar los medios de transporte para asistir a los empujones que se dan personas bien vestidas que se dirigen a sus oficinas. Hay que ver cómo cada vez somos menos los que cedemos el paso y/o el asiento a señoras mayores o a mujeres embarazadas. Hay que ver la cantidad de personas bien instruidas dispuestas a insultar, a agredir verbalmente por un quítame aquellas pajas.

    En resumidas cuentas, a diferencia de mi compañera de trabajo y de la mayoría de mis compatriotas, soy mucho más indulgente con los marginales, los desheredados, los pobres que con los ciudadanos de primera clase. De ahí que la reflexión sesuda aludida en este post me haya irritado tanto.

  3. Claro que sí. Es muy probable que de haber crecido en un ambiente lleno de limitaciones y miseria, la consecuencia segura es el resentimiento y la frustración. Porque es cierto que sí hay muy poca gente que tiene mucho, demasiado diría yo, y pareciera que se empeña en restregarle en la cara a los demás este lamentable contraste.

    En ocasiones cuando me tropiezo en la TV con programas como “La fabulosa vida de” me da asco. No puedo entender como alguien puede gastar tanto dinero en llenarse los dientes de diamantes o enviar un avión de un continente a otro sólo para buscar una gorrita 😦

    No es justo que tantos tengan tan poco, y que tan pocos tengan tanto.

    Este mundo dista mucho de ser perfecto. Pero ¿qué otra cosa nos queda sino continuar? Lamentablemente no podemos ayudar a todos los que se nos acercan en busca de ayuda, porque son demasiados.

    Ayer justamente estuvimos conversando José y yo acerca de esta entrada. En teoría uno puede proponerse a ayudar a esta gente que tiene todo el derecho de estar a la defensiva e incluso, de irrumpir en nuestra ‘cómoda’ vida para simplemente medio satisfacer una necesidad básica de subsistencia (que nosotros damos por sentada). Pero, a veces, se me hace difícil, Spectatrice, cuando la cosa no es tan abstracta.

    Ese día en clase, después de que el Sr. se fue, no podía dejar de pensar en que debí ofrecerle algo de dinero para ayudarlo un poco y pedirle que se retirara sin involucrar a los estudiantes en esta situación. En las condiciones que está no creo que pueda conseguir trabajo; pero también me asusta esa responsabilidad que tengo con los muchachos, la mayoría de procedencia humilde porque se trata de una universidad pública.

    Hagamos lo que hagamos, la situación permanecerá igual. Aunque, quizás, ser solidario conforte un poco aunque sea a una persona por un fragmento de su día.

  4. Totalmente de acuerdo con vos, Pati @-;–.

    A veces sentimos que ayudar no sirve de mucho. A veces creemos (tal vez ilusamente) que marcamos una diferencia, al menos para esa persona que estamos ayudando. A veces, seamos sinceros, no tenemos ganas de asumir ese tipo de responsabilidad porque se nos ocurre que en definitiva no nos compete (ahí es cuando solemos apuntar contra la ineficiencia estatal).

    De todos modos, ante este abanico de posibilidades tan limitado, pienso que la solidaridad es la mejor alternativa, no tanto para sentirnos mejores personas sino porque nos permite aportar un pequeñísimo grano de arena. Y a lo mejor, si todos fuéramos capaces de aportar al menos un granito de arena, las cosas empezarían a cambiar poco a poco.

    Por lo pronto, de lo que sí estoy convencida es de que nosotros -privilegiados de esta Tierra- no tenemos derecho de calificar tan rápidamente, desde una óptica tan estrecha, tan cómoda, a quienes siempre vivieron en la miseria. Por más que desde el intelecto podamos comprender y/o imaginar esa situación, realmente no sabemos cómo es vivir entre cartones, sin higiene, sin comida, sin atención sanitaria, bajo la mirada prejuiciosa, desaprobatoria, condenatoria de los demás.

    Por otra parte, tengo la costumbre de preguntarme lo siguiente: ¿por qué cierta gente se escandaliza tanto ante “los pobres que no quieren trabajar”, y en cambio nunca se les cruza por la cabeza acusar de holgazanes a aquellos ricos que siempre vivieron de rentas y/o del trabajo ajeno? 🙄

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